Movimiento slow: ¿opción personal o necesidad social? (II)

(Segunda parte del texto de la conferencia que di el pasado 7 de febrero en la Fundació Setba)

En los tiempos que corren, ¿el movimiento slow es una opción apta sólo para cuatro jipi-pijis? Yo creo que ha pasado definitivamente de ser una opción personal a una necesidad social. Al igual que Honoré explicaba que mucha gente se planteaba reducir la marcha cuando sufrían un colapso, ahora es nuestro sistema turbocapitalista el que ha infartado. El sistema economicista basado en el crecimiento exponencial del PIB no nos ha traído el bienestar, ni económico, como ya es obvio, ni personal (350 millones de personas en mundo con depresión, un 30% del catalanes que visitan los CAP tienen algún trastorno mental). Además nos encontramos que las condiciones bioenergéticas ponen el límite a ese crecimiento. Habrá que frenar antes de darnos el gran tortazo contra la pared. Tal como asegura el filósofo Jordi Pigem en el libro Buena crisis, o decía hace poco el director de Triodos Bank en España, Joan Melé en una entrevista, hace falta un cambio de consciencia. El sistema está basado en una percepción errónea de la realidad. Hemos vivido pensando que se puede crecer de forma ilimitada en un mundo finito, teniendo en cuenta sólo lo que es cuantificable y medible económicamente. Y este cambio de conciencia también afecta a nuestra percepción del tiempo.

Más vivo que nunca

Hoy, en tiempos de crisis, el movimiento slow esta más vivo que nunca. Ya decía Honoré que practicar el slow food no era sólo cuestión de sibaritas sino que también era slow food dedicar tiempo a cocinar y comer con calma y cultivar las propias verduras. La organización slow Food ahora tiene alrededor de 100.000 miembros agrupados en 1500 convivía en 153 países. Los restaurantes de km 0 triunfan: el restaurante Noma de Copenhague ya desbancó hace tres años al Hierva como mejor restaurando del mundo, según la revista Restaurant. También el restaurante catalán de km 0 La LLuerna ha obtenido este año una estrell Michelin. Proliferan las cooperativas de consumo ecológico y los huertos urbanos, iniciativas en consonancia con el lema de Slow Food bueno, limpio y justo. Slow Food defiende una nueva lógica de la producción y distribución alimentaria, lo cual es urgente teniendo en cuenta que 57.000 personas mueren de hambre cada día pero producimos alimentos para una humanidad y media.

Además de slow food también ha surgido con fuerza la slow fashion. El término lo acuñó Kate Fletcher del Centro for Sustainable Fashion de Londres. La slow fashion propone un boicot a lo que llama fast fashion por no ser ni buena, limpia ni justa, de manera análoga a cómo Slow Food lo hizo con fast food. Por el contrario, propone usar ropa ecológica, o de materiales reciclados, de segunda mano o vintage, elegir diseño y producto local, hacérse la ropa uno mismo (DIY), optar por ropa clásica y de calidad, hecha para durar, y sobre todo por el minimalismo, es decir, consumir menos.

Transformación individual, transformación social

El cambio de consciencia global mencionado tiene que empezar de forma individual. Cada cual tiene que encontrar su propia manera de llevarlo a cabo y yo, cual gurú de autoayuda, también tengo mi receta. El primer paso, tal como me dijo Elisenda Pallàs, creadora de Sloyu, es calmar la mente. Hay que hacer que no vaya todo el día resoplando detrás nuestros pensamientos, como el elefante detrás del mono, de la iconografía budista. En segundo lugar, propongo el decrecimiento personal o decrecimiento del ego. Según la psicóloga y socióloga Renata Salecl, “la ideología actual insiste en la idea que los individuos disponen de posibilidades infinitas para convertirse en el que deseen. Tenemos que considerar nuestra vida como una empresa, Yo S.A.” Esta ideología nos lleva a dedicar mucho tiempo al perfeccionamiento de nuestro yo (coaches, microgimnasia, tratamientos de belleza, talleres de autoestima..). Una manera de retardar el ritmo es bajar las expectativas sobre un mismo.

También considero importante dejar un espacio porque las cosas pasen, un tiempo para la improvisación, para lo inesperado, para la a creatividad, para que fluyan las ideas. No llenar la agenda y dejar de lado la puñetera manía de aprovechar el tiempo. En definitiva se trata de ceder el control, de fluir.

Para mí es imprescindible el consumo consciente. Esta ha sido mi inquietud durante los últimos años, origen de mi proyecto slowBCN y también está en la agenda de las diversas facetas del movimiento slow. Es una ilusión pensar que podemos llevar una vida muy slow si el mundo no lo es. Para propiciar este cambio, el primer paso es ser consciente del impacto de nuestras acciones. Con nuestras decisiones de compra estamos decidiendo también qué tipo de economía queremos. No aconsejo, de buenas a primeras dejar de hacer la compra a nuestro súper habitual para ir al súper ecológico porque entonces si que nos puede dar un colapso financiero y mental al ver el ticket de caja. Creo que de entrada conviene cambiar hábitos, acostumbrarnos a comprar menos y cosas más sencillas lo cual también es una forma de ganar tiempo (¿quién quiere pasarse la mañana del sábado en el Carrefour o en Ikea?). Hay que centrarse en lo esencial e ir cambiando cantidad por calidad.

La crisis actual nos ayuda a practicar el minimalismo, la reutilización, el consumo colaborativo y el movimiento slow nos da la coartada perfecta para hacerlo. No somos pobres, por favor, ¡somos slow!

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