La tradición de Carlota Rodés, socia fundadora de Carlota’s

Foto de Roger Castellón

Para Carlota y Elena Rodés sus galletas son como la magdalena de Proust; al morderlas, reviven los días de adviento en que madres e hijas preparaban las galletas para regalarlas por Navidad, pero también las primeras galletas que Carlota horneó en su casa para venderlas mientras con un pie acunaba a su pequeña en la hamaquita o los ratos que pasan sus hijos en el obrador de Carlota’s cuando están de vacaciones.

Regalar cariño en forma de galleta es una tradición que pasó a ser proyecto empresarial cuando Carlota quiso regalar más tiempo a sus hijos. Estando embarazada decidió que dejaría su puesto de diseñadora de moda en Pronovias (antes había trabajado con Antonio Miró y Lydia Delgado) cuando naciera Claudia. Ya tenía un niño, Álex, y con dos le parecía imposible seguir la vorágine del día a día y, sobre todo, viajar. Además, «tenía ganas de crear algo que realmente saliera de mi cabeza».

Con la pequeña en brazos, en el santuario de su cocina comenzó a preparar algo que había hecho toda su vida; galletas. Les puso cara de niña y de niño con pecas de chocolate y las fue a vender a la tienda Tea Shop de Sant Cugat. Poco después, llegó a un acuerdo con una pastelería para usar su obrador y comercializar las galletas a través suyo. Mientras tanto, trazaba un plan de empresa que incluía embarcar a su compañera de aventuras y galletas infantiles: su hermana gemela Elena, que entonces era funcionaria.

De eso hace siete años. Ahora el sueño de Carlota es una empresa que distribuye en más de 100 tiendas y que fabrica más de 1000 galletas al día. Son sabrosas, crujientes y originales, con diseños para todas las ocasiones: novios y bebés para bodas y bautizos, corazones de San Valentín, calabazas de Halloween, y también hacen creaciones personalizadas y corporativas.

Aparte de las dos gemelas, en Carlota’s trabajan seis mujeres que también son madres. « Llevamos a nuestros hijos a la escuela e intentamos irlos a recoger, aunque luego de 10 a 12 de la noche a lo mejor estoy trabajando en el ordenador. Además, se trata de un trabajo muy estacional. Para Navidad hacemos unas tres mil galletas y trabajamos unas 13 horas diarias. En temporada baja, en cambio, hacemos 4. Intentamos compensar».

Dicen que no se puede ganar algo sin perder algo. La Navidad de Carlota ha perdido su magia, y ahora los niños disfrutan las galletas en el obrador y regalándolas a sus amigos. Ése es su legado, una tradición que ha cambiado pero que no se ha perdido.

 

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