El mercado de las segundas oportunidades

Ahora que los mercados y tiendas de segunda mano están de moda, con más de seis siglos de historia a sus espaldas, los Encants Vells podrían dar lecciones de reutilización y recuperación. Y no sólo de objetos antiguos y de segunda mano sino también de artículos nuevos que no han encontrado salida: muebles, juguetes, libros, tubos de silicona, cables, monos de trabajo, botellas vacías… Aquí todo se aprovecha. Los Encants Vells (el nombre oficial es Fira de Bellcaire) lo forman cerca de 500 comerciantes que ocupan 15.000 metros cuadrados junto a la Plaza de las Glorias de Barcelona por donde pasan unos 100.000 compradores cada semana. Es uno de los mercados más antiguos en Europa y el único que ofrece un espectáculo fascinante: la subasta pública.

Cada lunes, miércoles y viernes, a partir de las siete y cuarto de la mañana, en el patio central del mercado aparece Paco, el encargado de subastar los lotes de objetos provenientes de casas, tiendas y fábricas que han cerrado sus puertas. El subastador es un hombre de unos sesenta años con abundantes cabellos y bigotes de color blanco grisáceo. Se protege del frío de la mañana con una chaqueta gruesa de paño marrón, pantalón de pana y bufanda de cuadros. Sobre la ropa lleva un delantal cuadrado con bolsillos verdes y en las manos un soporte de madera desgastada con el listado de la subasta y un martillo. Paco anda decidido pero cachazudo entre las sábanas extendidas en el suelo cubiertas de objetos de todo tipo mientras un grupo de hombres lo sigue. Uno de ellos me explica que los vendedores de lotes son comerciantes acreditados. El comprador puede ser cualquier persona que se haya inscrito previamente pero tendrá que retirar el lote antes de las 9, sin poder realizar ninguna actividad comercial en el mercado. En la práctica, sin embargo, los compradores son también paradistas del mercado que venderán la mercancía ahí mismo.

Paco se para ante un lote, espera al vendedor y cuando lo tiene localizado, empieza la subasta. Los congregados hacen sus pujas en millares de duros. Mil, dos mil, cinco mil…hasta que, ante el silencio de los licitadores, Paco grita “Vendóoo!”, da un golpe de martillo a la madera y baja el brazo con el martillo boca abajo. Es la señal inequívoca de que la subasta ha terminado. Entonces el vendedor paga al subastador que extiende un comprobante. La conversión de los millares de duros en euros se hace de forma rápida, sin calculadora ni vacilaciones y, casi sin controversias. Hoy, sin embargo, el hombre con pañuelo verde envuelto en la cabeza que ha comprado un lote de libros viejos y alguna quincalla por siete mil duros, parece que no ve claro el cambio a 210 euros. El vendedor, vestido con chaleco y sombrero de napa negra, hace el gesto de querer arrancar el recibo de las manos de Paco gritando enfurecido “dame, que no vendo. Que soy gitano!”. “Entonces ¿para qué me has llamado?” contesta con una sonrisa socarrona Paco y resuelve la situación sin mudar el gesto ni levantar la voz ni un ápice. Más tarde, el gitano del sombrero comentará la escena riendo a un compañero. Aquí la sangre no llega nunca al río. La sobreactuación y el buen humor son condición indispensable en el regateo. Así se sucede un teatro del absurdo donde unos casi regalan lo que quieren vender mientras los otros desprecian lo que quieren comprar y todos se hacen los ofendidos o sonríen con ironía al oír la oferta del otro.

“¿Por cuanto me dejas el lote?” pregunta uno. “800 euros, pá que te ganes la vida”, le responden alegremente. Un hombre menudo y barbudo propietario de una parada de libros quiere comprar un cuadro a otro vendedor que acaba de adquirir un lote de preciosas antigüedades por 87.000 duros ( 2. 614, 40 euros) “Déjamelo por 30… ¡pero si es un cartón!”, le suelta a su impertérrito interlocutor “Venga, Llorenç, suelta la gallina”, dice riendo un vendedor con acento árabe a un hombre alto y delgado con cazadora de cuero. El aludido saca una fajo de billetes de 20 euros para comprar un juego de bandejas de porcelana. “Estos parece que los fabrico”, suspira con resignación fingida mientras entrega dos billetes. Son las nueve menos cuarto y con la compra reciente adquirida se va a almorzar al bar La Palmera, en el mismo mercado. Mientras, en el patio central continúan la subasta y los tratos. Todavía es un buen momento para adquirir las piezas más bonitas que vuelan enseguida de los lotes acabados de adjudicar en subasta. Otros paradistas o anticuarios de las tiendas cercanas al mercado se afanan a comprar los objetos más codiciados para su parada o para revenderlos a un tercer interesado. Tal como me explican, es fácil que un artículo valioso cambie de manos y de parada cuatro veces en una mañana. También hay los expertos, como un joven modernillo con patillas y gafas de pasta que remueve ropa de segunda mano o los que analizan una pintura con firma “Mestres Cabanes, 1993”, año en que el artista ya estaba muerto y enterrado. “Quizás es el hijo”, dicen.

A las 9.00 el mercado se abre oficialmente al público. Unas mujeres vestidas con pantalones y pañuelos coloridos de estilo hindú examinan las tiras de encajes, unos abuelos se prueban unas gafas de lectura a tres euros y una joven italiana con pinta de Erasmus se compra una bici de segunda mano por 35 euros. “Sólo hay que ponerle un cable y ya está”, asegura el vendedor. Hay quién tiene claro lo que busca (“un teléfono Heraldo de color rojo”) y quien, como yo, se debate entre el gancho de los productos nuevos (un pintalabios de Yves Sant Laurent por diez euros, unas camisetas de Zara por dos euros) y la fascinación por los objetos antiguos. Todas las cosas que he tenido y que creía perdidas están aquí: un plato de cerámica de casa de mis padres, un disco de Yes de mi hermano, mi disfraz de india sioux y mi muñeca, aquella que hacía carotas al hacerle rodar el brazo. ¡Si incluso lleva el mismo vestidito de terciopelo verde! Piden 35 euros por ella. El primer impulso es recuperarla, pero le coloco la mueca más grotesca que es capaz de hacer, la dejo y me alejo. Las elegías por las muñecas olvidadas de los Encants son un tópico falso y lacrimógeno. Aquí todo el mundo las adora, les echa piropos y las busca para darles una segunda oportunidad, una segunda vida (o más).

2 comments

  1. Sol dice:

    Molt. M’ha agradat moltíssim aquest post, Imma. Preciosista i evocador en la línia de les millors novel·les de Balzac, Flaubert o Proust per citar-ne només alguns (sí, sóc francòfila, es nota?).

    Gràcies per regalar-me aquest matí un trocet de la meva Barcelona, la Barcelona viva i humana que, de vegades, em desapareix engolida pel tràfec quotidià i per la fredor dels nostres “temps moderns”.

    Gràcies per oferir-me aquest trocet de reconexió amb mi mateixa sense pretensions de gurú ni d’autoajuda. Tan sovint és molt més eficaç una mirada càlida i humana com aquesta teva!

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