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Movimiento slow: ¿opción personal o necesidad social? (II)

(Segunda parte del texto de la conferencia que di el pasado 7 de febrero en la Fundació Setba)

En los tiempos que corren, ¿el movimiento slow es una opción apta sólo para cuatro jipi-pijis? Yo creo que ha pasado definitivamente de ser una opción personal a una necesidad social. Al igual que Honoré explicaba que mucha gente se planteaba reducir la marcha cuando sufrían un colapso, ahora es nuestro sistema turbocapitalista el que ha infartado. El sistema economicista basado en el crecimiento exponencial del PIB no nos ha traído el bienestar, ni económico, como ya es obvio, ni personal (350 millones de personas en mundo con depresión, un 30% del catalanes que visitan los CAP tienen algún trastorno mental). Además nos encontramos que las condiciones bioenergéticas ponen el límite a ese crecimiento. Habrá que frenar antes de darnos el gran tortazo contra la pared. Tal como asegura el filósofo Jordi Pigem en el libro Buena crisis, o decía hace poco el director de Triodos Bank en España, Joan Melé en una entrevista, hace falta un cambio de consciencia. El sistema está basado en una percepción errónea de la realidad. Hemos vivido pensando que se puede crecer de forma ilimitada en un mundo finito, teniendo en cuenta sólo lo que es cuantificable y medible económicamente. Y este cambio de conciencia también afecta a nuestra percepción del tiempo.

Más vivo que nunca

Hoy, en tiempos de crisis, el movimiento slow esta más vivo que nunca. Ya decía Honoré que practicar el slow food no era sólo cuestión de sibaritas sino que también era slow food dedicar tiempo a cocinar y comer con calma y cultivar las propias verduras. La organización slow Food ahora tiene alrededor de 100.000 miembros agrupados en 1500 convivía en 153 países. Los restaurantes de km 0 triunfan: el restaurante Noma de Copenhague ya desbancó hace tres años al Hierva como mejor restaurando del mundo, según la revista Restaurant. También el restaurante catalán de km 0 La LLuerna ha obtenido este año una estrell Michelin. Proliferan las cooperativas de consumo ecológico y los huertos urbanos, iniciativas en consonancia con el lema de Slow Food bueno, limpio y justo. Slow Food defiende una nueva lógica de la producción y distribución alimentaria, lo cual es urgente teniendo en cuenta que 57.000 personas mueren de hambre cada día pero producimos alimentos para una humanidad y media.

Además de slow food también ha surgido con fuerza la slow fashion. El término lo acuñó Kate Fletcher del Centro for Sustainable Fashion de Londres. La slow fashion propone un boicot a lo que llama fast fashion por no ser ni buena, limpia ni justa, de manera análoga a cómo Slow Food lo hizo con fast food. Por el contrario, propone usar ropa ecológica, o de materiales reciclados, de segunda mano o vintage, elegir diseño y producto local, hacérse la ropa uno mismo (DIY), optar por ropa clásica y de calidad, hecha para durar, y sobre todo por el minimalismo, es decir, consumir menos.

Transformación individual, transformación social

El cambio de consciencia global mencionado tiene que empezar de forma individual. Cada cual tiene que encontrar su propia manera de llevarlo a cabo y yo, cual gurú de autoayuda, también tengo mi receta. El primer paso, tal como me dijo Elisenda Pallàs, creadora de Sloyu, es calmar la mente. Hay que hacer que no vaya todo el día resoplando detrás nuestros pensamientos, como el elefante detrás del mono, de la iconografía budista. En segundo lugar, propongo el decrecimiento personal o decrecimiento del ego. Según la psicóloga y socióloga Renata Salecl, “la ideología actual insiste en la idea que los individuos disponen de posibilidades infinitas para convertirse en el que deseen. Tenemos que considerar nuestra vida como una empresa, Yo S.A.” Esta ideología nos lleva a dedicar mucho tiempo al perfeccionamiento de nuestro yo (coaches, microgimnasia, tratamientos de belleza, talleres de autoestima..). Una manera de retardar el ritmo es bajar las expectativas sobre un mismo.

También considero importante dejar un espacio porque las cosas pasen, un tiempo para la improvisación, para lo inesperado, para la a creatividad, para que fluyan las ideas. No llenar la agenda y dejar de lado la puñetera manía de aprovechar el tiempo. En definitiva se trata de ceder el control, de fluir.

Para mí es imprescindible el consumo consciente. Esta ha sido mi inquietud durante los últimos años, origen de mi proyecto slowBCN y también está en la agenda de las diversas facetas del movimiento slow. Es una ilusión pensar que podemos llevar una vida muy slow si el mundo no lo es. Para propiciar este cambio, el primer paso es ser consciente del impacto de nuestras acciones. Con nuestras decisiones de compra estamos decidiendo también qué tipo de economía queremos. No aconsejo, de buenas a primeras dejar de hacer la compra a nuestro súper habitual para ir al súper ecológico porque entonces si que nos puede dar un colapso financiero y mental al ver el ticket de caja. Creo que de entrada conviene cambiar hábitos, acostumbrarnos a comprar menos y cosas más sencillas lo cual también es una forma de ganar tiempo (¿quién quiere pasarse la mañana del sábado en el Carrefour o en Ikea?). Hay que centrarse en lo esencial e ir cambiando cantidad por calidad.

La crisis actual nos ayuda a practicar el minimalismo, la reutilización, el consumo colaborativo y el movimiento slow nos da la coartada perfecta para hacerlo. No somos pobres, por favor, ¡somos slow!

Movimiento slow: ¿opción personal o necesidad social? (I)

(Primera parte del texto de la conferencia que di el pasado 7 de febrero en la Fundació Setba)

Me recuerdo leyendo Elogio de la lentitud de Carl Honoré en verano, bajo la pérgola del jardín de un apartamento alquilado en la Costa Brava. Entonces trabajaba a jornada fija y con contrato indefinido, mi niña iba a la guardería y mi inquietud era la tan cacareada conciliación. Quería dedicar tiempo a la crianza y educación de mi hija pues no creía en el llamado “tiempo de calidad” (¿por qué no le podía decir a mi jefe que sólo vendría a la oficina durante veinte minutos “de calidad”?). En Elogio de la lentitud buscaba una afinidad, una complicidad y la encontré.

Precisamente Honoré explica en este libro que se cayó del caballo cuando saludaba con alegría la noticia de la publicación de unos cuentos para niños que se podían explicar en un minuto antes de ir a dormir. Los hijo tienen la virtud de ponernos ante el espejo, una forma de colapso preferible al infarto, la depresión o el divorcio. A partir de aquí Honoré empieza su peculiar investigación del tiempo y llega a la conclusión de que hay tres factores que han causado la aceleración moderna: el reloj de precisión, la revolución industrial y el consumismo. Casi lo podríamos reducir a la fórmula a reloj + combustibles fósiles.

Reloj y petróleo

Antes de la invención reloj de precisión, las personas se regían por el tiempo natural. Con el reloj de precisión aparece la posibilidad de regular la vida tal como les ocurrió a los habitantes de Colonia. En menos de una generación, entre 1370 y 1398, pasaron de no saber qué hora era a tener un horario marcado para levantarse, trabajar e irse a la cama. Por otro lado, la revolución industrial empezó con la spinning jenny una máquina de hilar que podía hacer en un solo día el trabajo que hacía un artesano en toda la vida. Esto era posible gracias a la potencia que le proporcionaba el carbón. Las máquinas impulsadas por carbón, y más tarde por petróleo, con la ayuda del control que ofrecía el reloj (del cual el Taylorismo supuso el máximo paroxismo), permitieron acelerar la producción y distribución de productos y cuanto más rápido, más beneficios. Pero si aceleramos la producción para aumentar los beneficios ilimitadamente también habrá que acelerar el consumo. La producción y el consumo acelerados hacen que vayamos de culo tanto en el trabajo como durante el tiempo libre (yendo de compras y consumiendo ocio). Es lo que Honoré denomina el turbocapitalismo.

El nacimiento del movimiento slow

Goodfellas: ante un buena mesa, un cadáver en el maletero puede esperarSin embargo, Honoré en su investigación, descubre que la aceleración y la deshumanización del capitalismo han tenido enemigos desde el principio. Es el caso de los luditas que asaltaban las fábricas para destrozar las máquinas y que contaban con las simpatías, nada más y nada menos, que de Lord Byron. Entre sus contemporáneos, Honoré encontró Slow Food, la organización fundada por Carlo Petrini en Bra como reacción a la apertura de un McDonald’s a la Piazza Spagna de Roma el 1986. El manifiesto Slow Food atacaba con virulencia el fast food y la fast life por destruir nuestra calidad de vida, el medio ambiente y la diversidad (biológica, y cultural). A la vez, era un canto a los placeres sensuales degustados lentamente, al buen gusto y a la cultura.

Siguiendo la estela de Slow Food

Siguiendo la estela de Slow Food, también nació en Bra la organización Cittaslow, una red de ciudades tranquilas donde se promueve la economía local, el respeto al medio ambiente, el urbanismo al servicio de la comunidad, etc. Bien es verdad que Cittaslow no ha avanzado mucho, quizás porque nos hacen falta soluciones globales para las ciudades, no sólo para las de menos de 50.000 habitantes. Cuesta imaginar que toda una ciudad como Barcelona llegue a ser slow. Ya no digo NY o México DF. Quizás se podría para hacer por barrios slow Poble Sec o slow Dumbo (el barrio de moda de Brooklyn). Es sólo una idea.

Pero Honoré también descubrió que había vida slow más allá de Bra. Conoció la Sociedad para la Desaceleración del Tiempo en Austria o los Sloth Clubs en Japón, asociaciones que optaban por una vida más tranquila. También, de una manera más informal, detectó varias tendencias que optaban por el carril lento en la educación, el trabajo, el deporte…. Así llegó a la conclusión de que existía un movimiento callado, que se rebelaba contra la aceleración por atacar nuestra salud, la calidad de nuestras relaciones y de nuestro trabajo así como nuestro entorno. Un movimiento que buscaba emplear el tempo giusto para cada cosa”, poner la economía al servicio de las personas y no al revés y disfrutar más del momento presente y por lo tanto de la vida. Honoré, a raíz de este libro, se convierte en el divulgador más popular de este movimiento.

Slow y crisis

Han pasado casi nueve años desde que Honoré publicó Elogio de la lentitud y algunos menos desde que yo lo leí. Desde entonces la situación ha cambiado mucho, tanto la del entorno como la mía personal. Si cuando leía El elogio de la lentitud me preocupaba la conciliación, ahora el paro está desbocado y la mayoría de los que trabajan lo hacen con más presión que nunca y no están para reducir jornada o para pedir un horario flexible. Hace poco leía un artículo en La Vanguardia sobre personas que llevaban una vida acomodada y que ahora se encuentran en el umbral de la pobreza. Me impresionó el caso de una mujer ejecutiva con una hija pequeña que al separarse y perder el trabajo se había visto obligada a ir a vivir con sus padres y ganarse algún dinero cuidando a gente mayor. Esta mujer comentaba:”antes me parecía que tenía la opción de trabajar mucho y ganar mucho dinero o trabajar menos, ganar menos pero tener más tiempo para mi hija. Ahora siento que no tengo opciones”.

En los tiempos que corren, ¿el movimiento slow es una opción apta sólo para cuatro jipi-pijis?

Mañana respondo

Me voy de vacaciones dando la cara (historia de un intercambio)

Mi foto en 52 retrats de Víctor Puig

Pues sí. Esta soy yo y esta imagen es la foto de la semana en 52 retrats, el proyecto del fotógrafo Víctor Puig. Me enteré de esta iniciativa a través de BarcelonaActua, una interesante red solidaria y de intercambio. Víctor pedía gente que quisiera dejarse fotografiar para su blog a cambio de una foto profesional. El intercambio me pareció justo para una persona antifotogénica cómo yo y una oportunidad para dejar atrás mi Mad Men Avatar. Sí, este dibujito que me representa me lo he hecho en la web Madmenyourself.

Estos últimos meses me he dedicado a escribir en distintos bares con wifi ( podría escribir una entrada sobre el tema, sobre cuáles me parecen mejores, ventajas e inconvenientes de cada uno…). Por eso quería que Víctor me hiciera la foto en uno de ellos. Propuse el Bar Virreina pero la idea no fue muy original, (si visitáis la web 52 retrats encontraréis que ya hay una chica en la plaza de la Virreina con un portátil). Víctor me pidió más opciones, eligió el Bar Adonis y nos encontramos allí.

Llegar y disparar. En pocos minutos tuvimos las fotos así que casi no tuve tiempo de perpetrar la retahíla de caretos forzados que acostumbro a poner cuando me retratan. Con el trabajo hecho tomamos café y charlamos tranquilamente, que es también una forma de intercambio. Víctor me explicó que este es el tercer año que realiza el proyecto 52 retratos (uno por semana). También me habló de su experiencia como locutor de radio musical, de la autopublicación a través de Blurb y del Atelier de l’Òpera, un lugar donde disfrutar de una ópera de pequeño formato y una copa de cava por 10 euros.

Esto fue hace unas semanas y ahora ya puedo ver mi imagen en 52 retratos: una alumna aplicada en una luminosa biblioteca (las botellas de Ginebra Hendrick’s del estante de arriba han sido amputadas) en lugar de una escritora un poco canalla en un bar oscuro. Lo que soy y no lo que querría ser. ¿Qué os parece la foto?

Con esta foto me despido. Marcho de vacaciones. Ya veremos que nos depara el otoño en este blog que últimamente ha estado un poco abandonado. Quizás alguna sorpresa.

¡Feliz verano!

En bicicleta por Barcelona

Ewan McGregor en bici por Londres

Hoy quería escribir sobre algún asunto ligero, liviano, alado como ir en bicicleta. La comparación me ha llevado al tema, aprovechando también que estamos en la semana de la bicicleta.

Cuando yo era una criatura, en la tele emitían el programa “La vida en un xip” dirigido por Joaquim Maria Puyal. Un día, no recuerdo qué tema trataban, intervino un chico holandés diciendo que Barcelona era demasiado empinada para circular en bicicleta. La ciudad estaba muy bien tal como estaba, con las terrazas al sol, las cervezas baratas y sin bicicletas. Que no nos emperráramos en imitar a Amsterdam porque no hacía falta.

Pues parece que sí nos hemos emperrado en ello porque las cervezas son tan caras como en Amsterdam y la ciudad está llena de bicis. Sólo hay que ir por la Diagonal en hora punta y ver el carril bici transitado por ciclistas de toda edad y condición, y no sólo por hippy-pijis: jóvenes universitarios, padres con criaturas en sillita, hombres trajeados, señoras acicaladas, turistas e inmigrantes de todas partes… Al fin y al cabo Barcelona no es tan plana como Amsterdam pero tampoco llueve tanto y hace más buen clima.

Las bicis están aquí para quedarse

Aún así, la bicicleta todavía trae cola y constantemente se oyen voces que claman en contra, especialmente de opinantes profesionales que se mueven en taxi de la redacción del diario a la radio donde van a hacer la tertulia. Pero las bicis están aquí para quedarse. Ya puedes ir diciéndole a un ciclista acostumbrado a volar por el asfalto que deje su vehículo y se encajone cómo si fuera ganado en un vagón de metro lleno a reventar en hora punta o que se momifique en una parada de bus. Sobre todo teniendo en cuenta los precios de lujo de TMB; el precio de billete de metro en Barcelona es el más caro de Europa, más caro que en Madrid, París o Nueva York.

Pero si las bicis ya están aquí lo que todavía no ha llegado es el respeto de los conductores motorizados ni, en su defecto, carriles suficientes y seguros. Un ciclista que circula por la acera es considerado incívico, a pesar de que la ordenanza municipal lo permite en aceras de más de 5 metros de ancho y a un máximo de 10 km/hora. Bajar a la calzada, supone jugarse la vida así que la mayoría prefieren ser incívicos vivos que cívicos muertos (o parapléjicos).

Los peatones deberían ser los aliados del ciclistas a la hora de pedir más carriles bici y/o una conducción más pacífica: más bicis supone menos contaminación atmosférica y acústica y más seguridad para ellos pues la bicicleta es un vehículo de bajo riesgo comparado con los coches y las motos. En lo que va de año, en Barcelona han muerto 10 transeúntes atropellados por vehículos de motor, el doble que el año pasado. Aun así los ciclistas se han convertido en el punching ball. La mayoría de peatones parecen adictos al estruendo del tránsito y a esnifar C02. Abroncan a los ciclistas y escriben cartas a los medios quejándose de las molestias que causan las bicicletas pero no lo hacen , por ejemplo, de los conductores que no respetan el límite de velocidad de las zonas 30. En los últimos tiempos se ha detectado un incremento de atropellos de peatones en estas zonas y se han contabilizado 6268 casos de infracción del límite de velocidad de 30 km/h desde principios de año.

En contra del bicing

Bill Murray también va en bici

No negaremos los problemas de convivencia entre bicis y peatones y que hay ciclistas muy burros. Por parte mía, estoy de acuerdo con que a los ciclistas se les exija carné, un seguro (si incluye el robo) e incluso se los multe de forma proporcional al peligro que causen (y también, ¿por qué no?, a los peatones que pasen en rojo o crucen la calle por lugares no autorizados). Estoy incluso de acuerdo en quitar el bicing. De hecho no me ha gustado nunca. Viví de forma bastante cercana su nacimiento y siempre me dio rabia que el dinero y esfuerzos que se dedicaban a su implantación, mantenimiento y aparato de propaganda no se destinaran a hacer más y mejores carriles bici. No me parecía lógico soltar toda aquella bicicletada en las calles antes de haber hecho las infraestructuras necesarias. El bicing nos cuesta actualmente unos 14 millones de euros al año.

A cambio de eliminar el bicing se puede promover formas más sostenibles porque todo el mundo pueda ir en bici: mercados de segunda mano e intercambio, talleres de autoreparación de bicicletas o proyectos de bicisharing. Es una cuestión de interés social pues más bicicletas es más calidad de vida para todos. Ahora bien, la mejor forma de promover la bicicleta es dejársela a uno de los que refunfuñan en contra para que den un paseíto con ella por Barcelona. Seguro que perdemos un enemigo y ganamos un adepto.

Os dejo con A bicyclette d’Yves Montand que ha sido mi banda sonora mientras escribía este post.

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El futuro del periodismo

El mítico Lou Grant descubriendo las nuevas tecnologías

Cuando yo era una niña, los domingos por la tarde emitían por televisión el programa Fantástico presentado por el inefable José María Íñigo. Un día entrevistaba a un señor (no recuerdo su nombre) para hablar sobre cómo viviríamos en el futuro. Decía que todos tendríamos en nuestra casa “el cuartito” de las telecomunicaciones y desde allá nos conectaríamos para informarnos de todo lo que pasa en el mundo. “Entonces, ¿los periódicos desaparecerán?”, preguntaba Íñigo desconcertado. “Seguirán existiendo pero dentro de la habitación de las telecomunicaciones”, contestaba.

Ya hemos llegado a aquel futuro imaginado. El visionario desconocido se quedó corto respecto a la movilidad de las telecomunicaciones pero, tal como pronosticaba, pronto veremos la desaparición de los diarios en papel. Según Vicent Partal, fundador y director de Vilaweb, “al final de esta década difícilmente quedará alguno”. Así lo afirmaba en la conferencia Como financiar la información de calidad que tuvo lugar durante las XVIII Jornadas de Comunicación Blanquerna. “Si acaso”, afirmaba Partal, “vamos al operador único”, un solo diario local que quizás también será global, como The Guardian que está estudiando ediciones lingüísticas. “Quizás de aquí a unos años veremos The Guardian en catalán” afirmaba el director de Vilaweb.

Si desaparecen los periódicos en papel, ningún problema. Ya hace tiempo que los leemos en digital, ¿no? Sobre todo teniendo en cuenta los nuevos gadgets que facilitan su lectura. Además, las nuevas tecnologías permiten realizar proyectos periodísticos prácticamente sin inversión. Antes un licenciado en periodismo tenía que ser contratado por un medio para poder trabajar. Ahora, sólo tiene que abrir un blog o una cuenta en Vimeo, la plataforma multimedia de alta definición, para ejercer la profesión. Y sin los condicionantes de la agenda y los intereses de los grandes grupos de comunicación.

El hecho de que cualquiera pueda ser bloguero o colgar vídeos en la red genera mucha morralla pero también iniciativas periodísticas interesantes. Eva Domínguez y Jordi Pérez Colomé acaban de publicar el libro Microperiodismos, aventuras digitales en tiempos de crisis, una compilación de 13 iniciativas pequeñas e independientes. De entre ellas destaca 365d365e, un proyecto del periodista Oriol Rodríguez y del fotógrafo Carles Rodríguez que ha consistido en hacer una entrevista diaria tanto a personajes relevantes como anónimos. Cómo decían Partal y Piqué, ahora es el peor momento para el sistema de medios tal como lo conocemos pero el mejor momento para el periodismo.

La cuestión es ¿de dónde sacarán el dinero los digitales para sobrevivir y seguir informándonos? Los medios en papel se han financiado, principalmente, a través del precio que paga el lector y de los ingresos por publicidad. El lector ya no paga por los diarios digitales. Las iniciativas de cobrar para leer o los contenidos Premium han tenido poco éxito. En cuanto a la publicidad, los ingresos son muy exiguos comparados con el papel. En la citada conferencia, el consultor de comunicación Toni Piqué mencionó un estudio americano según el cual por cada 7 dólares que pierden los diarios de papel en ingresos publicitarios, los medios digitales sólo ganan uno. “La publicidad representa un 50% de los ingresos de los medios en papel y sólo un 15% de los digitales”, añadió. Esta diferencia viene dada por la segmentación de la audiencia y porque en Internet el anunciante paga sólo por los impactos reales que son perfectamente cuantificables.

La información de calidad tiene un coste. Piqué ponía como ejemplo que cubrir la guerra de Irak le costaba al New York Times 3 millones de euros al año. “Tenemos que hacer entender a los lectores que la información tiene un precio. Si no ¿quién nos explicaría la guerra de Iraq? ¿Los ayatolahs?” se preguntaba el consultor. La reflexión también es válida, no sólo para los grandes diarios, sino también para las aventuras de microperiodismo. ¿Cuánto tiempo pueden sobrevivir estos pequeños proyectos basados en periodistas trabajando por amor al arte? 365D365e es una iniciativa cerrada porque dos únicos profesionales no pueden mantener este nivel de trabajo, tanto en cantidad como en calidad, durante mucho tiempo, y menos sin cobrar. Oriol Rodríguez declara que su próximo objetivo es encontrar un empleo. De lo que sea.

Para seguir adelante Vilaweb ha decidido hacer, en palabras de Vicent Partal, “lo que todo el mundo dice que se tiene que hacer pero nadie hace: cobrar”. El precio fijado es de 16 céntimos diarios pero quien no los paga puede leerlo igualmente. De los 530.000 lectores de Vilaweb ya hay más de dos mil personas que han decidido pagar porque se identifican con el medio y quieren que siga existiendo. Forman una comunidad que Partal espera que crezca lo suficiente cómo para que en 2015 cubra un 25% del presupuesto.

David Domingo, profesor de periodismo de la URV, hace un llamamiento a los periodistas para que se emancipen de las grandes empresas y propone otras fórmulas de financiación en este artículo publicado en Blog de la ESCACC. Además del caso de Vilaweb, Domingo habla de la posibilidad de microdonativos a través de la plataforma de crowdfunding Verkami, y de cooperativas de periodistas y usuarios. Esta propuesta parece especialmente interesante. Del mismo modo que hay cooperativas de consumo para abastecerse de productos ecológicos, ¿por qué no una para proveernos de información de calidad: la que realmente nos interesa, veraz y elaborada por profesionales?

La marihuana como sector económico de futuro

Tengo una buena amiga periodista en paro que de vez en cuando comenta (en broma, espero) que para salir de su situación económica precaria lo único que se le ocurre es dedicarse a vender maría como la protagonista de la serie Weeds. O, mejor todavía, hacer deliciosos brownies por aquello de dar valor añadido. Dice que como el sistema la ha echado, tiene que buscar una solución fuera del sistema. Entiendo su desesperación y entiendo también que la idea tiene su lógica. La gente ya no está dispuesta a pagar para leer las noticias o para ver una peli en casa pero en cambio, por más crisis que haya (o precisamente por eso) siempre encuentra dinero para ir a tomar una copa a un bar o para fumarse un porro. Aun así, a mi amiga se lo desaconsejo, más que nada porque no quiero que el próximo encuentro con ella sea a una cabina de la cárcel de Wad-Ras.

También ante una situación de asfixia económica, el municipio de Rasquera ha optado por la vía expeditiva y ha aprobado alquilar mil metros cuadrados a un club privado de marihuana, la Asociación Barcelonesa Cannábica de Autoconsumo (ABCDA) para cultivar esta planta. Parece que la iniciativa lo tiene difícil para salir adelante. Los clubes de cannabis, un tipo de cooperativas de cultivo y consumo de marihuana integradas por adultos, se encuentran en un tipo de limbo jurídico en Cataluña y las autoridades no saben muy bien que hacer con ellos, tal como se vio a raíz del incendio de la plantaciónde Green Light en Sarriá hace un par de meses. En Euskadi, en cambio, se están planteando darles luz verde. El debate está servido.

Desde el punto de vista económico, los beneficios de la legalización del cannabis son evidentes y muy tentadores en tiempos de crisis. Una de las medidas del new deal de Roosvelt para salir de la depresión de los años 30 fue abolir la Ley Seca. Además de acabar con la criminalidad ligada a la ilegalización del alcohol, esta medida permitiría contar con la industria del alcohol como dinamizador económico capaz de generar nuevos puestos de trabajo e ingresos en forma de impuestos. Hace un tiempo leí un artículo en el Blog Salmón donde el autor calculaba que la legalización del hachís y la marihuana podrían aportar unos 7000 millones de euros en impuestos (el artículo también habla de la legalización de la prostitución, pero yo no pondría las dos actividades en el mismo saco).

Además de dar trabajo y generar ingresos, la explotación de la marihuana es una actividad sostenible y no contaminante porque su cultivo y elaboración no requieren de procesos químicos ni de construir ningún bodrio arquitectónico. En el Telenoticias de Tv3, el reportero Víctor Sorribes apuntó que los de Rasquera habían rechazado la ubicación de un cementerio nuclear en el municipio y en cambio habían aprobado el cultivo de marihuana. Hombre, entre un vertedero de basura radiactiva y unos invernaderos para el cultivo de plantas, la opción es clara, ¿no?

Como principal razonamiento en contra de la legalización de la marihuana, se esgrime la protección de la población de los daños que provoca el consumo de cannabis. Sin negar los efectos nocivos, resulta del todo incoherente plantearse este argumento cuando son legales la venta y consumo de alcohol y tabaco, drogas más peligrosas que la marihuana según varios estudios como, por ejemplo, el encargado por el Gobierno británico y desvelado por The Independent o el realizado por la revista médica The Lancet. Podéis leer las principales conclusiones de este estudio en The Economist o consultar este gráfico en la Wikipedia.

Entonces, ¿dónde está el debate? Se trata únicamente de una cuestión de moral social e incluso de tradición cultural. El debate de la legalización se ha abierto ahora en varios territorios porque el consumo de cannabis cada vez está más extendido y aceptado. Este es el caso de Euskadi o de Estados Unidos donde California rechazó la legalización del consumo recreativo por escaso margen. El uso terapéutico ya hace tiempo que está permitido. En Holanda, pionera en permitir el consumo en coffee shops, ahora ha restringido el acceso a estos establecimientos a extranjeros pero para evitar el efecto indeseable del turismo porrero, (digámoslo, sin embargo, en voz baja, no sea que a algunos empresarios hosteleros de aquí se les ocurra aprovechar esta magnífica oportunidad de negocio).

El alcohol y, concretamente, el vino forman parte de nuestra dieta y cultura mediterránea. Ya los guerreros de la Ilíada se nutrían básicamente de cordero a la brasa y vino (¿cómo, si no, podrían después correr a destriparse de la forma más gore?) Quizás por eso, encontramos muy normal ir al restaurante con los niños y pedir una botella de vino para los mayores pero nos escandalizaría que en la sobremesa de una barbacoa familiar alguien se fumara un porro. Y este es el quid de la cuestión. Para hacer del cannabis un sector económico tenemos que decidir si nos parece moralmente aceptable y respetable que un adulto lo consuma. Si es así, ¿en el futuro los escolares podrán hacer visitas culturales a los invernaderos de marihuana de Rasquera al igual que ahora van a ver las cavas de Sant Sadurní d’Anoia?

Ruta Maleni por Barcelona

Lourdes Hernández, la cantante de Russian Red

Hace un tiempo leí un post en el blog de moda y tendencias Gratistotal que me hizo gracia. Habla de un nuevo fenómeno femenino que la bloguera denomina Malenis. Las Malenis son chicas que dedican su tiempo libre a cocinar y comer cupcakes, galletas y pasteles caseros, o a coser y hacer punto. Adoran las cosas hechas a mano así como todo el que es retro o vintage. Visten vestidos (preferentemente de estilo ingenuo, con flores o cuello bebé) y zapatos de punta redonda, planas o de talón bajo. Amelie (la de la película) sería la principal inspiradora de este movimiento filonaïf y un pelo cursi, aunque la actriz Zooey Deschannel o, en España, la cantante de Russian Red, Lourdes Hernández, responden bastante a este arquetipo. El nombre de Maleni vendría por la obsesión de las magdalenas porque, como dice Raquel de Gratistotal, los cupcakes no son más que magdalenas tuneadas.

Al hilo del mencionado post, otra bloguera, Miss Indie Style, ha escrito en su blog una ruta Maleni por Madrid y ahora yo me animo a hacer una ruta Maleni por Barcelona. ¿Por qué no? Refugiarse en épocas pasadas y evocar la inocencia perdida es un cálido refugio para los tiempos que corren. Además, yo también tengo mi parte Maleni. No cocino repostería (sólo, mucho tanto en tanto, la famosa coca del yogur) a pesar de que me gusta comerla. Odio coser (en La Yaya Costurera me hacen la ola cuando me ven venir) pero tengo querencia al retro y al vintage. Me encantan los vestidos aunque casi siempre voy con vaqueros y bambas. Por el contrario, me gustaría ir siempre con tacones pero sólo los uso en contadas ocasiones (el accesorio indispensable de los tacones es el taxi, tal como se veía en Sex & the City).

Claudine, complementos en la calle Puigmartí

Con un frío que pela me he ido por Gràcia para trazar la mejor ruta Maleni. Una auténtica Maleni (y muchas que no lo son) podría hacer todas sus compras en la calle Verdi. Un vestidito ingenuo en Kling o en Los patinas de Celia, los zapatos oxford o bailarinas en Sueños Negros, preferentemente de la marca Lili Mill, un portamonedas parecido al que llevaba mi madre hace años para ir al mercado y un colgante elegante que diríase robado del joyero de la abuela en D-Lirio, tienda de complementos actuales pero de aire retro. Si nos falta algún aditamento como, por ejemplo, sombrero o pañuelo, podemos ir a Claudine, en la calle Puigmartí, 22, delante del mercado de la Abaceria. Si lo queremos hecho a mano, podemos comprar unas bonitas diademas en Keboniko que también es un buen lugar para comprar un regalito y se encuentra en el número 3 de la calle Penedès.

Lady loquita en la Travessera de Gràcia

En el número 12 de la misma calle, está la tienda de andrea❤martínez, una diseñadora de aquí con preciosos vestidos e incluso bragas. De Andorra son las hermanas Herrador con la marca y tienda Touchemoa en la calle Ramón y Cajal, 9. En la Travessera de Gràcia, en los números 126 y 108, encontramos otras dos tiendas de ropa très chic. Son Ladyloquita y Ada que hoy luce en el escaparate un vestido con un enorme cuello bebé. Y ya que hemos llegado hasta aquí, podemos hacernos la manicura en Les ungles de la reina, en la plaza de la Llibertat, número 1. Ni rastro de la estética neoyorquina que exhiben otros locales de manicura. Aquí, mobiliario de toque barroco y spas de uñas con leche de almendras natural. Si lo que queremos es auténtica ropa vintage tendremos que ir a Graceland, en Torrent de l’olla, 110 y podremos recuperar todas las tendencias de los ochenta (si es que realmente queréis hacerlo).

Pero no todo es cuestión de imagen personal. A las Malenis les encanta coser (en Me sigues el hilo, en Torrent de l’olla, 87, dan clases de costura y punto), hacer scrapbooking (encontrarán todos los accesorios en Cromatismes, Travessera de Gràcia, 114), la fotografía analógica (en Nostàlgic, en la calle Goya, 18 venden, por ejemplo, carretes para Polaroid). En Merengue, en la plaza de la Vila, aprenderéis amigurumi (hacer muñecos de lana) o a modelar pequeñas piezas de pastelería en arcilla. También podéis encargar una réplica vuestra en plastilina que llaman Little tú.

Granja chocolatería La Nena

Ya es hora de pasar a la pastelería de verdad. En Amelia (otra vez Amelie) podréis comprar las ineludibles cupcakes y café para llevar. Han abierto hace poco en Ramón y Cajal, 4. Si preferimos sentarnos, en el número 36 de la misma calle está La Nena, granja-chocolatería que ofrece chocolate elaborado con leche fresca y zumos naturales de fruta fresca ecológica así como magdalenas, pasteles y galletas artesanos. La decoración es de estilo naïf y no sirven alcohol. Si esto os parece un poco demasiado malenismo y además se nos ha hecho la hora de cenar podemos hacerlo en Atmosphère, restaurante de estilo parisiense y romántico en la calle Venus, 1-3. Por mi parte, acabo la ruta en el Vreneli. Muebles shabby chic, galletas caseras (recomiendo la Sable) y wi-fi.
Esta es mi ruta Maleni (pero apta para todo el mundo) por Gràcia. Ciutat Vella y Ensanche, con Enric Granados como arteria Maleni, también podrían tener la suya. Lo dejo para otro día o para otros blogueros que se animen a hacerlo.

De #Mestres a Redes

El martes por la noche hice algo insólito. Vi la tele. En Tv3 estrenaban el programa Mestres que nos habían recomendado en la escuela. El programa quedó muy bonito, muy bien hecho, muy emotivo (sí, yo también lloré con la jubilación de Carmeta) y con palabras y reflexiones muy sabias de muchos maestros. Quedó claro que tenemos buenos profesionales con vocación, dedicación e ideas claras y muy válidas de lo que debe ser la educación. Qué guai, ¿no? Pues nada ya podemos ir a dormir tranquilos. Me asalta la duda de si realmente el programa continúa la próxima semana porque, si sigue esta línea, pocas cosas quedan por decir.

La otra duda que me asalta es que, si tenemos maestros tan buenos, y estoy convencida que los tenemos, ¿por qué el sistema educativo es tan “mejorable”? No lo digo yo, lo dice todo el mundo: padres, maestros y políticos. Otra cosa es que nos pongamos de acuerdo sobre qué es un buen sistema educativo y cómo se tiene que conseguir en vez de echarnos las culpas los unos a los otros de la situación actual. ¿Por qué no hablamos de eso en Mestres?

Según la web del programa, “Mestres es una serie sobre el mundo de la escuela y la educación, que muestra cómo son y que hacen los hombres y las mujeres que viven la educación a pie de aula”. Respecto al primer capítulo explican: ” Abrimos la serie preguntándonos si el trabajo de maestro o de profesor es vocacional, y si es suficiente vocación lo de “me gustan mucho los niños” para dedicarse a la enseñanza. Qué hay que tener para ser maestro, como se aprende, qué tiene de atractivo y de difícil esta profesión y qué gratificaciones y problemas comporta”.

Si hablamos de la vocación, ¿por qué no hablamos también de los malos maestros que nunca han tenido vocación o la han perdido y pululan de escuela en escuela porque todas se los sacan de encima? Si estamos de acuerdo en que un buen maestro te puede salvar la vida ayudándote a descubrir tu potencial, también podemos recordar que un mal maestro te puede estropear el interés por una materia o hacerte perder un año sin aprender nada a pesar de las buenas notas. Si queremos hablar de cómo se aprende a hacer de maestro, ¿por qué pasamos tan de puntillas por la formación que se imparte a la facultad de magisterio? Los problemas que encuentran los maestros para hacer su trabajo ni siquiera se han mencionado en el primer programa. Problemas con el sistema educativo, con la Administración, con los alumnos, con los padres… no existen en Tv3. Y por último, ¿por qué no salen expertos en educación, científicos, pensadores… ?

Me parece muy bien que la televisión pública reivindique la tarea de un colectivo que ahora recibe palos por todos lados. Se lo merecen. Además hay que darles una inyección de moral para que aguanten los recortes de sueldo y de recursos y los cambios de criterios y planes de estudio cada dos por tres exigiendo resultados inmediatos. Quizás no es el objetivo del programa debatir sobre el sistema educativo pero si es así (todavía tenemos que ver por donde irán los próximos capítulos) es una oportunidad perdida. Lástima. Y no me refiero a hablar de si el bachillerato tiene que tener un curso más o si los alumnos tienen que leer 15 libros obligatorios o cuatro. Todo esto es morralla. Hablo de plantearnos que es educar y cómo se tiene que hacer para que los alumnos salgan de la escuela con capacidad de pensamiento crítico y creativo, de analizar, filtrar y sistematizar el alud de información, de trabajar en equipo compartiendo conocimientos, de gestionar las propias emociones y relacionarse con los otros. Plantearnos si se los educa para ser ciudadanos de pleno derecho con capacidad, no sólo de integrarse plenamente en las estructuras sociales, sino de cambiarlas si es necesario.

Y es que cambiar las estructuras sociales, como, por ejemplo, la escuela, cuesta Dios y ayuda. Todos los medios llenan páginas hablando del sistema finlandés y de su éxito pero nadie se propone copiar lo que tiene de positivo. Le damos el premio Príncipe de Asturias a Howard Gardner, creador de la teoría de las inteligencias múltiples que afirma que no todo el mundo aprende del mismo modo y que gracias a las nuevas tecnologías podemos dar una educación personalizada donde cada alumno pueda desarrollar su potencial. ¿Por qué no lo invitamos para que nos asesore sobre como cambiar nuestra enseñanza? Quizás porque supondría replantearnos demasiadas cosas. Howard Gardner coincide con el experto en educación Ken Robinson en que el sistema educativo actual es obsoleto y que no sirve para extraer lo mejor de los niños. Robinson asegura que estamos usando un sistema del siglo XIX, creado durante el auge de la revolución industrial, para formar a los chicos y chicas del siglo XXI. Robinson cuestiona que los alumnos se dividan en cursos en función del año de nacimiento, que los estudios estén compartimentados por asignaturas o que se tengan que hacer exámenes individuales, tal como se puede ver resumido en este video.

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Falta ver cómo serán los próximos episodios de Mestres pero mientras, si queremos ver un programa sobre educación, tendremos que ver entrevistas en el programa Redes de Eduard Punset donde entrevista, entre otros, a Howard Gardner y a Ken Robinson.

Trabajo, esfuerzo y vida contemplativa

Casi no tengo trabajo y voy estresada. ¡Tiene narices, la cosa! Pienso que quizás necesito organizarme mejor el tiempo y pido por préstamo interbibliotecario el libro Organízate con eficacia de David Allen. Subtítulo: Máxima productividad sin estrés. Desde la biblioteca me avisan de que ya lo tienen pero paso una semana sin encontrar el momento para pasarlo a buscar. Cuando al fin voy, resulta que ya lo han devuelto a la biblioteca de origen. Lo vuelvo a pedir y, ahora sí, lo recojo puntualmente, pero se pasa días durmiendo en mi mesilla de noche sin ser abierto. Pienso que se trata de un libro condenado a no ser leído por quien lo necesita. Para desmentirlo empiezo a leerlo al punto. Todo va como una seda hasta que llego al capítulo en que el autor me dice que tengo que comprar carpetas y etiquetas a porrillo y empezar a archivar metódicamente todo el papeleo que ahora guardo sin criterio. Caso prefiero que me saquen una muela. Allen insiste en qué será de lo más divertido pero yo soy una mujer de poca fe.

¿Quizás soy una floja y me ahogo en un vaso de agua? Recuperar la cultura del esfuerzo es el nuevo mantra. Pues, ¡venga, me esforzaré más! Pero ¿para qué y de qué manera? Esta es la cuestión. El sociólogo Salvador Cardús explica que “se ha puesto de moda todo esto de la cultura del esfuerzo. No deja de ser retórica moralizadora sobre algo que es muy elemental. Y es que para hacer cualquier cosa bien hecha hace falta dedicar tiempo y atención. No es cierto que el esfuerzo por él mismo sea un valor. Yo no tengo ningún interés al esforzarme inútilmente”.

Pues yo tampoco. Y tampoco creo que el esfuerzo tenga un valor moral. Según definición del Diccionario de la Real Academia, esfuerzo es empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades. Entonces la moralidad está en la finalidad y no en el hecho de esforzarse. Siempre me han fascinado las historias de ladrones y estafadores que sudan la gota gorda para cometer sus delitos. ¿No les saldría más a cuenta fichar en una oficina? También me escama que la Consellera de Enseñanza, Irene Rigau, dé tanto la vara con el esfuerzo, que al fin y al cabo és un medio, y tan poco con el conocimiento, que para mí es un fin en si mismo, no un medio para superar exámenes y pruebas de nivel y lograr un estatus profesional y social. ¿Por qué la Consellera no habla de recuperar el placer de aprender?

El psicólogo Rafael Santandreu apunta en esta entrevista en el programa Singulars que la fuerza de voluntad es una fuerza muy mediocre para conseguir cosas, que sólo con fuerza de voluntad no se llega muy lejos en la vida. Considera que es mucho más potente la fuerza del goce, la joie de vivre, que dicen los franceses. La misma idea la encuentro en el libro Encantado de conocerme. Comprende tú personalidad a través del Eneagramade Borja Vilaseca. Vilaseca me da un consejo para centrarme (a mí y a los que son como yo): ”concédete más tiempo para descansar y divertirte: la verdadera inspiración proviene de la alegría y no de trabajar en exceso”. Me recomienda también que me siente en un banco del parque sin hacer nada, disfrutando conscientemente de mi inactividad.

No sé si trabajo en exceso. Más bien me siento como Charlot en aquella escena de Tiempos Modernos donde interpretaba un obrero que, después de ser apartado de la línea de producción en cadena, todavía conserva el tic de ir apretando tornillos a diestro y siniestro. Así, me dedico a llenar el tiempo de cosas para hacer, a escribir listas de tareas pendientes. Me consuelo pensando que es un mal de muchos. Hoy en día, la agenda del fin de semana es tan frenética como la del trabajo y del mismo modo que en la oficina parece que trabaja más quién más horas se parece en ella, en el tiempo libre parece que se lo pasa más bien quién encadena más actividades de ocio una tras otra.

Se da la paradoja de que productividad y creatividad, otros dos mantras invocados para salir de la crisis, a menudo son conceptos opuestos al trabajo tal como lo concebimos hoy en día. A veces, trabajar menos quiere decir trabajar mejor, más concentrado, en estado de flujo. Por otro lado, la creatividad necesita espacios para la reflexión. Pensar más y hacer menos.

Quizás pensáis que estoy buscando una justificación para salir a vagar por las calles soleadas, para sentarme en las terrazas y ver la gente pasar. Pues habéis acertado. Y coartadas no me faltan: desde el Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell, pasando por el movimiento Slow hasta la última contra de La Vanguardia que he leído: “Trabajamos más que un esclavo romano”, dice Antonio Fornés. (¡Caray! ¿Cómo lo sabe?).

A raíz de un artículo en El País descubro que no estoy sola en mi afán de hacer más el vago. Tom Hodgkinson, escritor y periodista, ha fundado en Londres una academia que promueve la vagancia y la vida contemplativa. En la Idler Academy, que también es librería y café, además de los cursos de gandulería se estudian cosas tan poco productivas como por ejemplo, latín, poesía y ukelele. Libertas per cultum (libertad a través de la educación) es su lema. Hodgkinson es también el editor de la revista The Idler (el holgazán) y de libros como Elogio de la pereza y Cómo ser libre.

Decidido. Haré un esfuerzo para parar un poco en mi actividad diaria y sentarme a hacer vida contemplativa. Lo apuntaré en la lista de tareas pendientes.

¿Por qué no hablamos claro?

“Qué pasaría si sólo usaras las palabras que transmitieran mejor y de forma más clara la esencia de tu trabajo? Qué pasaría si no usaras el mismo lenguaje que tus colegas profesionales? Atrévete!”

Este es el extracto de un mensaje que me salió en una galleta de la suerte. Sí, una de aquellas que dan en algunos restaurantes chinos. A qué restaurante más extraño he ido, ¿no? No he ido a ningún restaurante, me he pasado por La estrategia blog. Su autora, Jenifer L. Johnson, ha preparado unas galletas con mensajes para guiarnos en nuestros proyectos para el 2012 y a mí me ha salido este. Así que me pongo manos a la tarea de reflexionar sobre ello.

En otra vida fui abogada. Me licencié en Derecho y estuve un tiempo (corto) ejerciendo la profesión. Recuerdo los textos redactados en un lenguaje incomprensible para el común de los mortales y con una sintaxis de lo más retorcida, no fuera caso que alguno de los implicados los entendiera. El Derecho, como toda disciplina, tiene un lenguaje propio, pero todo el mundo tendría que ser capaz de entender un escrito judicial que le afecta. La narración de hechos en una demanda o sentencia no tiene ningún secreto; se trata de explicar qué ha pasado o que está pasando. Nada impide al abogado hacerlo en un estilo directo, con frases simples: sujeto, verbo, predicado. Si lo hacían Ernest Hemingway o Josep Pla, los abogados también pueden hacerlo sin temor a bajarse de un supuesto pedestal cultural. Aun así es habitual el uso de los tiempos perfectos de subjuntivo, las subordinadas y las frases inacabables.

El mundo de la empresa también tiene su propio argot, un guirigay de neologismos, anglicismos y palabras vacías que se cuece en las escuelas de negocios y que infesta todas las comunicaciones corporativas orales y escritas: posicionar, implementar, sinergias, feedback, team buiding, alinearse, partner, optimización de recursos, objetivos estratégicos, valor añadido… Trabajé en una pequeña empresa. Cada año por Navidad, el jefe nos convocaba a una reunión para hacer balance. Nos pasaba un PowerPoint y soltaba una arenga igual a la del año anterior con este argot corporativo. Hablaba de nuestro posicionamiento en el mercado y de los objetivos estratégicos logrados, de la necesidad de orientarse al cliente y crear valor a la vez que optimizar recursos, ser más flexibles y crear más sinergias entre departamentos (es decir, los cuatro gatos que formábamos la compañía). Nada de cifras concretas o de mencionar el despido de compañeros. Y es que a menudo este discurso vacío, las fotos estereotipadas y el esquematismo del PowerPoint se utilizan para crear una realidad ficticia.

Conozco otra empresa que, ante la crisis, uno de sus principales afanes era motivar a los trabajadores, (perdón, los colaboradores, según su libro de estilo corporativo). No se les ocurrió nada mejor que colgar en las oficinas pósters de los valores de la empresa con la mencionada retórica vacua y las inevitables fotos donde los directivos tienen veinte años cumplidos y una eterna sonrisa Profidén. ¿No podían hablar cara a cara explicar la situación sin tapujos y proponer entre todos soluciones concretas? La impostura provoca el desencanto y la desconfianza de los trabajadores, si no se han vuelto tontos con el uso de estas prácticas. Así lo augura, por ejemplo, Frank Frommer autor de El pensamiento PowerPoint (en Suiza ya existe un partido en contra de este programa informático) o Dan Pallota en su bloc en Harvard Business Review.

Algunos ya nos toman por tontos cuando intentan omitir las verdades más evidentes. Me llega una carta de Nespresso con un tarjetón anunciándome: “A partir de ahora nos encontrará a Paseo de Gràcia 55”. ¿A partir de ahora? ¡Pero si esta tienda hace años que está abierta! Leo la carta que lo acompaña: “ Con el fin de facilitarle sus momentos de degustación de café Nespresso, a partir de ahora, los servicios que disponía en nuestra Boutique de Paseo de Gràcia 102, los encontrará en Paseo de Gràcia 55”. ¡Ah!, me quieren comunicar que han cerrado la tienda de Paseo de Gràcia 102. Aun así esta noticia, no se menciona en toda la carta. El segundo párrafo se dedica a cantar las excelencias del local de Paseo de Gràcia 55 y el tercero a decir que están muy orgullosos de contar con una red de 35 tiendas (perdón, “boutiques”) en España y Andorra y bla, bla, bla. ¿No es ridículo? ¿Consideran vergonzoso cerrar una tienda en tiempo de crisis? Pues de este modo, todavía lo parece más.

Los medios de comunicación también son cómplices de esta epidemia y aquí es donde tengo que entonar el mea culpa. Incluso los que odiamos este lenguaje estamos contagiados. Así que, siguiendo el consejo de mi galleta de la suerte, me propongo intentar escribir siempre claro. Lo peor de este lenguaje que nos uniformiza es que, no sólo es intelectualmente nimio y moralmente hipócrita, sino muy, muy feo.