Archive for Economía de Cine

The yes men: activismo político y humor desvergonzado

La noche de Navidad recibí un regalito en mi bandeja de entrada. Una compañera de la red de mujeres ejecutivas EOL nos mandó un mensaje sobre la película The yes men. Dada la vorágine de las fechas navideñas, leí el correo “en diagonal” (eufemismo que quiere decir deprisa y sin prestar mucha atención) pero me reservé la noche de reyes para ver las pelis The yes men y The yes men fix the world y ha sido una de las mejores sorpresas de esta Navidad.

The yes men son Andy Bichlbaum y Mike Bonano, dos activistas políticos que practican la “corrección de personalidad” para denunciar, con la sátira como arma, empresas y organizaciones que ponen los beneficios económicos por encima de todo. Haciéndose pasar por portavoces de corporaciones como McDonald’s, Exxon o la Organización Mundial del Comercio, se cuelan en congresos donde imparten ponencias delirantes soltando todo tipo de barbaridades acompañadas por gadgets, disfraces y animaciones grotescas, todo con la máxima seriedad. Detrás de Bichlbaum y Bonano hay una red de colaboradores y voluntarios que actualmente ya sobrepasa los 300 miembros. Y es que sus performances no son meras payasadas sino acciones muy conscientes con gran dificultad de preparación y , tal como se puede ver en los dos films.

The Yes Men (2003) explica como Bichlbaum y Bonano crearon una falsa página web de la Organización Mundial del Comercio con apariencia de oficialidad y contenidos hilarantes. El objetivo era burlarse de las supuestas buenas intenciones de la OMC, que aboga por el libre comercio “para promover la igualdad entre todos los países”. Aún así, más de uno confunde este lugar web con la página real (¿también leen “diagonal”?) y a través de él les llegan correos invitando a la OMC a participar en congresos y jornadas. No hay que decir que Bichlbaum y Bonano aceptan encantados. Repeinados y con traje y corbata acuden a varios actos. En un encuentro del sector textil en Finlandia presentan el traje de ejecutivo del futuro: un mono dorado ajustado con un apéndice similar a un falo enorme con pantalla incorporada para controlar la producción en las plantas del tercer mundo. En la Universidad de Plattsburg, dan a conocer un sistema para paliar el hambre en el tercer mundo: reciclar las hamburguesas digeridas (para decirlo de forma fina).

En The Yes Men fix the world (2009) continúan con el mismo método pero con más medios, mejor factura audiovisual, objetivos diversificados y acciones más sonadas. A través de una web falsa de Dow Chemichal reciben una solicitud de la BBC para entrevistar representantes de esta empresa química con motivo del vigésimo aniversario de la tragedia de Bhopal (India). En 1984, un escape de gas tóxico en una planta de pesticidas de la compañía Union Caribde (después adquirida por Dow Chemical) causó la muerte a más de 20.000 personas y dejó secuelas a más de 500.000. Bichlbaum, como supuesto representante de Dow Chemical, anuncia que destinarán un fondo de 12 billones de dólares para compensar las víctimas y limpiar la zona, todavía contaminada. El anuncio causa la caída de las acciones de Dow hasta que la compañía desmiente la noticia. Los Yes Men también presentan un biocombustible hecho con despojos humanos, una bola hinchable para protegerse de los efectos del cambio climático y anuncian en Nueva Orleans que la Administración reabrirá un grupo de viviendas ligeramente afectadas por el Katrina en vez parte de derrinbarlas para hacer de nuevas tal como tenían previsto.

Durante la película, reímos con el ingenio y la jeta de Bonano y Bichlbaum, admiramos su agallas para aguantar con cara de póker las situaciones más comprometidas, nos emocionamos con el testimonio de las víctimas de Bhopal o del Katrina y reflexionamos con las entrevistas a los discípulos de Milton Friedman que hablan del libre mercado como un de Dios capaz de resolver todos los problemas si tenemos fe en él.

Las acciones de los Yes Men obligan a empresas y entidades a quitarse la careta (cómo Dow Chemical, que tiene que salir a la palestra afirmando que NO destinarán ni un duro a resarcir a las víctimas ni a limpiar las aguas contaminadas. Prefieren invertir hacerse un lavado de cara publicitario). También buscan una reacción de la audiencia de las conferencias que, curiosamente, a menudo permanece en estado catatónico ante la retahíla de sandeces que sueltan los Yes Men. ¡Incluso algunos ejecutivos les hacen preguntas y les piden tarjetas!

No nos tiene que sorprender. Nos hemos acostumbrado a que políticos y directivos de empresas y organizaciones suelten, circunspectos, discursos que son una tomadura de pelo y a aceptarlo cómo si fuera lo más normal del mundo. Como mínimo, riámonos de ellos.

Margin Call: ?¿Una mala persona no puede ser un buen directivo? ¿Y qué?

Hace ya un par de años entrevisté, al profesor del IESE Josep Maria Rosanas (la entrevista la podéis leer aquí). La titulé “Una mala persona no puede ser un buen directivo”. Alguien me comentó que era un titular muy naïf, pero, naïf o no, era la síntesis del pensamiento de Rosanas: la falta de ética es una forma de incompetencia que tarde o temprano acaba por dinamitar la empresa.

Desde entonces, de vez en cuando doy vueltas a esta idea y nuevamente me acordé de ella viendo la película Margin Callestrenada aquí hace unas semanas. El film transcurre durante las horas previas a la quiebra de un banco de inversión inspirado en Lehman Brothers. Los directivos se dan cuenta, gracias al informe elaborado por el jefe del departamento de análisis de riesgos recién despedido y su joven subalterno, del inmenso abismo que se abre bajo sus pies. Durante una larga noche deciden que, antes de caer, se sacarán de encima el máximo número posible de sus activos tóxicos colocándolos en el mercado, a pesar de ser conscientes de que, de este modo, desatarán una tormenta financiera de proporciones colosales y alcance mundial. Margin Call se centra en el retrato de los personajes y este es su máximo acierto, pues el desenlace de la historia ya lo conocemos y lo sufrimos todos. El director debutante J.C. Chandor huye de tópicos y arquetipos para mostrarnos el rostro humano de los tiburones apoyado en un elenco de actores impresionantes: Jeremy Irons (mi amor platónico de adolescencia), Kevin Sapcey, Paul Bettany, Stanley Tucci, Zacary Quinto, Demi Moore, Simon Baker y Penn Badgley.

Rosanas calificaría estos tiburones de males directivos: incompetentes porque han llevado su empresa a la quiebra y malas personas porque engañan los clientes vendiéndoles morralla, envenenando el pozo del mercado de donde bebemos todos. Pero ¿cómo son y que piensan?

Por un lado se muestran ignorantes y orgullosos de serlo: ninguno de los directivos es capaz de entender el informe de riesgos que ha hecho el joven analista. Incluso el gran jefe le espeta “explíquemelo cómo si fuera un niño, le aseguro que no estoy donde estoy por mi inteligencia”. Fríos, cuando echan a los trabajadores a la calle con su caja de cartón como si fuera el día de los trastos. Indecentemente hedonistas, cuando confiesan riendo que han tirado más de 75.000 dólares en bebida, bailarinas y putas. Cínicos, cuando afirman una y otra vez que no tienen opción, que no deciden ni controlan nada, que están en una rueda.

Pero también solitarios que lloran la muerte de su único amigo (el perro). Desencantados, que se lamentan por haber abandonado la ingeniería real, la que construye carreteras, por la ingeniería financiera. Vencidos, cuando afirman una y otra vez que no tienen opción, que no deciden ni controlan nada, que están en una rueda.

¿Y es realmente así? El personaje magistralmente interpretado por Bettany dice “que se joda la gente normal. Al fin y al cabo ellos quieren lo mismo que nosotros; vivir en grandes casas y comprarse coches. Quieren el dinero pero a la vez hacerse los inocentes y no saber de donde vienen”. Es curioso que en esta especie de meritocracia de los negocios todos se sienten amos de su destino cuando se refieren a la posición que han logrado (“estáis donde estáis porque sois los mejores”) pero no respecto a las acciones pútridas que comporta: son culpa del mercado, culpa de todos. Al fin y al cabo, si es culpa de todos es tanto como decir que no es culpa de nadie, de la rueda de la fortuna, como si fuéramos en la edad media. Aun así hay diferentes grados de responsabilidad. Gastar más de lo que se tiene no es un delito, estafar, sí.

Pero las responsabilidades legales no se han depurado lo suficiente y no se depurarán nunca. Por eso el máximo directivo de Margin Call interpretado por Jeremy Irons come tan tranquilo el día de la tormenta y le pide a Kevin Spacey que se relaje. Ya tienen sus mansiones y sus Lamborghinis, ya han hecho dinero a espuertas y ni en toda una vida se lo podrán acabar. Parece decir, “sí, soy una mala persona, un mal directivo. ¿Y qué?”.

Freakonomics, la pel·lícula

Arran d’haver vist The greatest Movie Ever Sold, tal com vaig explicar aquí, se’m va acudir crear una categoria al bloc sobre cinema i economia, doncs l’un m’apassiona i l’altra m’interessa. Per continuar aquest fil vaig triar Freakonomics perquè també comptava amb Morgan Spurlock com a director tot i que només d’un dels episodis del film. Error! La veritat és que he vist la peli aquest cap de setmana i no m’ha agradat gaire i ara em trobo escrivint al meu bloc i per voluntat pròpia sobre un film que hagués volgut esborrar del meu disc dur informàtic i mental just després d’acabar-lo de veure.

En el principi Freakonomics va ser una columna del New York Times a càrrec de l’economista Steven Levitt i del periodista Stephen J. Dubner. Després, un llibre publicat el 2005 que recollia i ampliava alguns del articles i que va esdevenir un best seller mundial traduït a 35 idiomes i amb més de 4 milions d’exemplars venuts. A partir d’aquí va venir la pel·lícula, el bloc, la segona part del llibre, Superfreakonomics, un programa de ràdio… Aquí podeu veure tot el que ha donat de sí el fenomen.

L’èxit de Freakonomics es basa en la capacitat dels autors d’aplicar mètodes econòmics d’anàlisi de dades així com la teoria dels incentius per descobrir connexions inesperades i explicacions ocultes a a qualsevol fenomen de la vida quotidiana, en principi aliè a l’economia. Alguns exemples són les les notes d’exàmens inflades per professors, l’ índex de criminalitat, la influència del nom que posem als nostres fills, les trampes a les lluites de sumo.

La pel·lícula porta a la pantalla alguns d’aquests temes en diversos episodis dirigits per directors diferents però es queda en un parell de dades curioses, informacions superficials, poca reflexió i molt d’avorriment. M’agrada molt més el llibre i això que no l’he llegit. La conclusió més interessant i polèmica que apareix a la pel·lícula és la relació entre la davallada de l’índex de criminalitat i l’avortament. A primers dels 90, la taxa de delinqüència als Estats Units havia anat creixent exponencialment i batent tots els records. L’any 95, les previsions apuntaven que en els següents cinc anys pujaria entre un 15 i un 30%. La realitat, però, és que va caure en més d’un 50%. L’any 2000, la taxa de criminalitat als EUA era la més baixa des de feia trenta-cinc anys. Segons Levitt, aquest resultat no té a veure amb la bona feina policial sinó amb la legalització de l’avortament a partir de 1973 que hauria evitat el naixement d’un bon nombre de delinqüents en potència fills de mares solteres i marginals.

El capítol dedicat a la corrupció fascina pel retrat que fa d’un món tan rar com el del sumo i pel contrast entre les baixeses ocultes i l’ideal de puresa shintoista que representa aquest esport però he trobat a faltar que aprofundís més en la comparació entre la corrupció en el sumo i en les altes finances. L’episodi dedicat als noms dels nadons només té una dada interessant: als EUA un mateix currículum amb un nom “blanc” (Jake, Emily…) obté més convocatòries per a entrevistes de feina que el mateix currículum si en porta un de “negre” (Tyrone, Shaniqua…). L’experiment en una escola de secundària de Chicago de donar incentius econòmics als estudiants és bastant ximple i . només constata el que ja ens imaginem: no n’hi ha prou en prometre 50 dòlars al mes a un adolescent si aprova totes les assignatures perquè es tregui el curs.

La pel·lícula frega més que no pas toca alguns temes que em porten a The Wire i que en aquesta gran sèrie són esbudellats consciència: la corrupció a la policia, les trampes al sistema educatiu, les causes de la criminalitat, el funcionament de les xarxes de tràfic de drogues (assumpte tractat al llibre però no a la peli) i fins i tot la peculiaritat dels noms i malnoms afroamericans. I és que la fabulació ben feta explica millor la realitat que un grapat de dades reals mal exposades. O si més no m’he empescat la manera d’acabar parlant d’una sèrie de televisió que m’apassiona enlloc d’una peli nímia.

La pel·lícula més sensacional que s’ha venut mai

El cap de setmana passat vaig veure The greatest movie ever sold, un documental de Morgan Spurlock, el director de Super size me. Si a Super size me Spurlock experimentava els efectes del menjar brossa sobre el seu propi cos, a The greatest movie ever sold experimenta l’efecte del product placement, és a dir, la col·locació de productes i marques, sobre la seva pròpia obra documental. Spurlock preten fer una pel·lícula sobre el product placement, integrament finançada amb product placement. Textualment diu que vol fer “l’Iron Man dels documentals”, al·ludint a un film on 64 marques hi van col·locar els seus productes i logos.

L’argument de The greatest movie ever sold és justament la recerca de patrocinadors i els tractes que hi té Spurlock perquè apareguin a la pel·lícula que l’espectador està veient. També inclou entrevistes amb Noam Chomsky o Quentin Tarantino. Al final, el director aconsegueix un milió i mig de dòlars de 15 marques, entre elles POM Wonderful, fabricant de suc de magrana, que ha pagat un milió de dòlars per patrocinar la pel·lícula. La idea és genial i Spurlock és molt graciós. Veure’l tractar amb executius de grans empreses i d’agències publicitàries és per partir-se la caixa i hi han escenes memorables com ara les bromes a costa de Wolkswagen.

Lògicament, la proposta és una arma de doble tall. Per una banda, sembla que Spurlock vol criticar com la publicitat colonitza els continguts culturals i d’entreteniment però, de la mateixa manera que a Super size me el menjar greixós del Mac Donalds s’acarnissava en la seva salut, aquí el seu flirteig amb el product placement el porta a fer anuncis per als seus patrocinadors i no sempre en l’estil “punkarra” que li escauria. Si fins i tot a mi m’agafen ganes de provar el Pom Wonderful! Al final, el que queda és un relat transparent de com funciona aquest tipus de publicitat més que no pas un al·legat adoctrinador en contra.

De la pel·lícula m’han impressionat dues coses: com són d’agosarats els americans pels negocis i les imatges de Sao Paulo. L’ajuntament d’aquesta ciutat va decidir lluitar contra tota forma de pol·lució, entenent que aquesta no és només atmosfèrica o acústica sinó també visual i que la publicitat era un agent contaminant a eliminar. Resulta estrany veure una megalòpolis sense anuncis de neó, tanques i lones publicitàries, o anuncis als autobusos. Aquest projecte es correspon amb l’ecologisme mental del filòsof Michael Serres i que descobreixo a través d’aquest article d’Adbusters, via Consume hasta morir. Segons Serres, “els animals, humans inclosos, utilitzen la contaminació per marcar el territori a través de la seva profanació. Amb el temps, aquest acte d’apropiació ha evolucionat des de la contaminació primitiva d’orina, passant per la “contaminació dura” de químics industrials, fins a la “contaminació tova” de les diverses formes de publicitat”.

Segons aquesta tesi, el tusnami de logos, imatges i escrits publicitaris contaminen el nostre espai perceptiu i el nostre univers mental. Al cap i a la fi, l’objectiu del màrqueting és posicionar-se a la ment del consumidor. Podem apel·lar al sentit crític de cadascú com a sedàs per filtrar aquesta suposada contaminació o defensar que la publicitat també és cultura (alguns spots són milors que moltes pel·lícules) però… i els nens? Es clar que són especialment vulnerables. A Suècia, per exemple, està prohibida la publicitat televisiva adreçada a menors de 12 anys.

Els adults, per la seva banda, fugen corrents de la publicitat de seguida que poden. Internet en facilita l’èxode tal com vaig escriure aquí (tot i que fins i tot per posar un capítol de Pocoyó a la nena per youtube ens hem d’empassar algun anunci de perfum). Fa temps, el publicista Toni Segarra em va comentar una entrevista per al desaparegut Dossier Econòmic de Catalunya que “hem d’aconseguir ficar-nos al ipods de la gent”, és a dir, ocupar els continguts més que no pas els espais publicitaris. Per això el product placement és més vell que la picor però està més vigent que mai. El “gratis total” no existeix, tard o d’hora, d’alguna forma o una altra, ho acabem pagant, encara que sigui havent de tancar 50.000 finestres de casinos online i de senyores en pilotes abans de poder veure en streamning The gratest movie ever sold.