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Diseño sostenible en prisión

Internos fabricando carpetas con diarios. (Foto de Anita García)

Levantarse a las seis de la mañana para entrar a trabajar a las nueve. El camino es largo y los controles y las barreras empiezan nada más salir de Barcelona, como no, en los malditos peajes. Al dejar la autopista hay que enfilar la silenciosa carretera hacía los horizontes terrosos. Apenas se distingue en ellos el Centro Penitenciario Lledoners si no fuera por las altas farolas que de noche mantienen la prisión en una claridad perpetua que asusta los pájaros. Saludar a los funcionarios de azul en sus cabinas y atravesar cancelas de vidrio sin rejas pero gruesas como adoquines.

Esta es la rutina diaria de Anita García desde hace casi cuatro años. Anita, sin embargo, no es funcionaria, ni psicóloga, ni trabajadora social, sino diseñadora especializada en diseño sostenible. En Lledoners realiza un proyecto que va mucho más allá de la formación o la terapia ocupacional. “Nunca me he querido encerrar en un despacho, siempre he tenido inquietudes sociales”, explica. Así que el campo ya estaba abonado cuando en unas jornadas de talleres abiertos conoció a una creadora involucrada en proyectos culturales en las prisiones. El encuentro le inspiró una idea y la mostró a su nueva amistad sin saber que ostentaba un importante cargo en el Departament de Justícia. El proyecto le entusiasmó y la diseñadora fue contratada para llevarlo a cabo. “Costó convencerme porque no me veía yendo cada día a fichar a una cárcel pero era una oportunidad, un laboratorio para desarrollar mis ideas”, recuerda.

Como comunidad, la prisión le resulta ideal para ensayar procesos autónomos de ciclo cerrado: recogida selectiva de residuos y diseño de productos a partir de materiales de rechazo para obtener nuevos recursos. Pero el diseño sostenible es también un forma de tejer relaciones de autogestión y

cooperación entre los internos, de respeto por el medio ambiente y las personas, donde el proceso es tan importante como el resultado. Para sacarlo adelante cuenta con personas de perfiles muy diversos. Los internos no son arquetipos cortados por un mismo patrón sino representantes de la sociedad en la que han naufragado: un químico y un biólogo para ayudar a comprender mejor los documentales sobre medio ambiente que sirven de reflexión para todos, un periodista para redactar una revista, un operario capaz de cortar y montar un mueble de cartón reciclado con perfección sin dibujarlo previamente, campesinos que saben como trabajar el huerto o un grafitero urbano que deja su huella artística en todos los trabajos. Pero sobre todo está la capacidad de organización y liderazgo de un ex empresario como Marcos*, presidente de la Comisión de Medio Ambiente.

Crear lazos con el exterior es otro de los objetivos que persigue Anita; nutrir y nutrirse de la sociedad que aguarda ahí fuera para favorecer la integración . Ella da voz a los internos explicando su experiencia de diseño sostenible entre rejas en diversos foros, en ocasiones acompañada por algunos de ellos en salidas programadas. También ha traído al centro ponentes como el diseñador Curro Claret, entre otros. Ha colaborado con el Colegio Alemán de Barcelona explicando a los alumnos como funcionaba el taller de cestería con tetrabrick de la prisión a través de un vídeo y una charla. La escuela adquirió 20 papeleras confeccionadas por los internos y con este dinero pudieron poner en marcha otro proyecto: el huerto. A raíz de esta iniciativa se ha iniciado una colaboración con la Escola Agrària de Manresa donde algunos internos acuden para recibir formación.

Hoy parece un día cualquiera: los internos recogen lavanda de los parterres para venderla o trabajan en el huerto. Otros fabrican carpetas a partir de diarios defectuosos donados por La Vanguardia, (una idea de un interno que responde a una necesidad del centro formativo de la prisión). Otros tejen redes para la escenografía del certamen Oh!bcn que se celebrará en octubre y donde Anita presentará el Proyecto Rizoma: redes para la sostenibilidad ambiental y social. Pero hoy también es el último día de la diseñadora en la prisión antes de las vacaciones de verano y se pregunta qué pasará después. No está previsto ningún cambio pero teme que los malditos recortes pueden acabar cortando su trabajo a pesar de haber sido reconocido con los Premios Diseño para el Reciclaje que otrorga la Generalitat o el premio BaM. ¿Su proyecto de diseño sostenible podrá caminar solo en la prisión sin ella? ¿Podría continuar contribuyendo desde fuera? De esto está segura.

Como despedida compartimos un pica a pica con los internos de la Comisión de Medio Ambiente: paté de berenjenas con pepinos del huerto e higos envueltos con jamón. Los presos devorarán en segundos una comida que, según un interno, “es respirar libertad”. Preparándolo codo a codo con Marcos me explica que la policía encontró droga en dos naves industriales de su propiedad que tenía alquiladas. Le cayeron trece años. Ya lleva tres en Lledoners de donde “espera salir mejor persona de lo que he entrado”. Es fácil sentirse a ajeno a este mundo carcelario cuando los presos son negros, no hablan tu idioma o no comen sobrasada porque se lo prohíbe su religión. Pero hay algo en Marcos que me resulta familiar, como si nos hubiéramos conocido antes tomando un copa en la calle Santaló o un café en el bar de la Facultad de Derecho. A pesar de haber vivido segura cómo en un útero materno y crecido guiada por sólidos principios morales, pienso si algún día podría estar lo bastante loca o lo bastante desesperada como para atravesar la barrera y dar con mis huesos en prisión y si encontraría una Anita a quién aferrarme.

* He usado un nombre ficticio para preservar la privacidad del interno