Archive for junio 2012

Agricultura social en huertos urbanos

La casa de la calle Manacor número 1 (Foto de Rafel Castells)

Hace poco leía este artículo de Antoni Puigverd en La Vanguardia donde hablaba de agricultura social, empresas de base agrícola que generan formación y trabajo a personas con discapacidad, enfermedad mental o en riesgo de exclusión. Concretamente, Puigverd menciona la Xarxa Agrosocial que las agrupa y los casos paradigmáticos de La Fageda y l’Olivera, dos empresas donde la labor social no es incompatibles con la rentabilidad económica que proporcionan sus productos de calidad. Pero en una ciudad como Barcelona también se puede hacer agricultura social en huertos urbanos.

Sólo un poco más arriba de una arteria saturada de vehículos como es la Ronda General Mitre ya no se oye el zumbido de los coches. Las empinadas y solitarias calles del Putxet y los viejos chalés que habían sido refugio de artistas y veraneantes, nos devuelven la calma. En una de estas casas, en la calle Manacor, hoy la verja está abierta. La casa abandonada vive anclada en un veraneo perpetuo pero en el jardín trabajan un grupo de hombres uniformados. No, no son de parques y jardines ni han venido a podar las buganvillas para los señores de la casa. Son personas sin techo que labran la tierra comandados por Manel Font, experto en huertos urbanos, formador y propietario de la tienda virtual Ecohortus.

La casa de Manacor, número 1 tenía que convertirse en centro cívico según promesa del antiguo gobierno municipal. Con el el relevo político del Ayuntamiento y la falta de recursos económicos el proyecto está parado. Mientras, el consistorio ha permitido a la Fundació Assís, institución de acogida a las personas sin techo, que utilicen el jardín. Con Manel Font están aprovechándolo en parte como huerto urbano y a partir de septiembre empezarán formalmente un curso de un año de técnico en mantenimiento de huertos urbanos y compostajes comunitarios.

“Se trata de una formación específica que actualmente no se imparte en ningún sitio. En las escuelas se aprenden técnicas de agricultura industrial. Aquí enseñaremos a llevar un huerto ecológico, intensivo y a pequeña escala con el mínimo esfuerzo posible, usando el propio desperdicio orgánico del huerto para hacer compost”, explica Manel. Esta formación permitirá a los alumnos acceder a una ocupación y también ser autosuficientes desde el punto de vista alimentario. “Los germinados, por ejemplo, crecen muy rápidamente, necesitan muy poco espacio y tienen muchas propiedades nutritivas. Realmente estamos enseñando a pescar y no dando un pez como se suele decir”, añade.

Labor social

El huerto que se está empezando a hacer en el jardín (foto de Rafel Castells)

Manel no está solo en esta labor de agricultura social. Cada día lo acompañan tres voluntarios de los cerca de 200 que trabajan en la Fundació Assís. Esta institución en principio se dedica a servir almuerzos y a facilitar una ducha y ropa limpia a personas que duermen en la calle. Poco a poco han ido extendiendo su acción más allá de la urgencia. Así también buscan alojamiento para estas personas, gestionan pisos tutelados y les dan formación y orientación laboral y social. El año pasado atendieron a cerca de 1200 personas y actualmente sirven 120 almuerzos al día.

El contacto con la naturaleza y sentirse capaz de hacer un trabajo que da frutos, y no sólo en el sentido metafórico de la expresión, resulta una cura para estas personas vapuleadas por la vida. Una nueva ilusión que se ha contagiado a Manel que lleva más de quince años dedicado a los huertos urbanos. “Soy autodidacta. No estudié ingeniero agrónomo porque no quería ni podía ser campesino porque no tenía tierras. Además, me interesaba el cultivo agrario no químico y esto no se enseñaba. Hice económicas porque quería aprender economía agraria pero entonces ni existía esta disciplina en la universidad”, recuerda. Ahora, a través de Ecohortus distribuye mesas de cultivo de acero galvanizado, huertos verticales y compostadores. También hace personal coaching garden, una expresión que le da risa pero se trata, en definitiva, de acompañar y asesorar a los que se inician en el huerto urbano. La tarea educativa le ha abierto un nuevo camino profesional y personal.

La casa de la calle Manacor 1 embruja por sus contradicciones. Decadente y viva, tranquila en medio de la vorágine. También es paradójico que los sin techo, algunos de ellos fontaneros y albañiles víctimas del estallido de la burbuja inmobiliaria, tengan vedado el acceso a la casa que permanece solitaria y maltrecha. Pero en los instantes que compartimos el desayuno sentados en las sillas de forja medio oxidadas bajo el techo del sauce del jardín, ni esto ni nada importa. Sólo existe este momento y este espacio.

En bicicleta por Barcelona

Ewan McGregor en bici por Londres

Hoy quería escribir sobre algún asunto ligero, liviano, alado como ir en bicicleta. La comparación me ha llevado al tema, aprovechando también que estamos en la semana de la bicicleta.

Cuando yo era una criatura, en la tele emitían el programa “La vida en un xip” dirigido por Joaquim Maria Puyal. Un día, no recuerdo qué tema trataban, intervino un chico holandés diciendo que Barcelona era demasiado empinada para circular en bicicleta. La ciudad estaba muy bien tal como estaba, con las terrazas al sol, las cervezas baratas y sin bicicletas. Que no nos emperráramos en imitar a Amsterdam porque no hacía falta.

Pues parece que sí nos hemos emperrado en ello porque las cervezas son tan caras como en Amsterdam y la ciudad está llena de bicis. Sólo hay que ir por la Diagonal en hora punta y ver el carril bici transitado por ciclistas de toda edad y condición, y no sólo por hippy-pijis: jóvenes universitarios, padres con criaturas en sillita, hombres trajeados, señoras acicaladas, turistas e inmigrantes de todas partes… Al fin y al cabo Barcelona no es tan plana como Amsterdam pero tampoco llueve tanto y hace más buen clima.

Las bicis están aquí para quedarse

Aún así, la bicicleta todavía trae cola y constantemente se oyen voces que claman en contra, especialmente de opinantes profesionales que se mueven en taxi de la redacción del diario a la radio donde van a hacer la tertulia. Pero las bicis están aquí para quedarse. Ya puedes ir diciéndole a un ciclista acostumbrado a volar por el asfalto que deje su vehículo y se encajone cómo si fuera ganado en un vagón de metro lleno a reventar en hora punta o que se momifique en una parada de bus. Sobre todo teniendo en cuenta los precios de lujo de TMB; el precio de billete de metro en Barcelona es el más caro de Europa, más caro que en Madrid, París o Nueva York.

Pero si las bicis ya están aquí lo que todavía no ha llegado es el respeto de los conductores motorizados ni, en su defecto, carriles suficientes y seguros. Un ciclista que circula por la acera es considerado incívico, a pesar de que la ordenanza municipal lo permite en aceras de más de 5 metros de ancho y a un máximo de 10 km/hora. Bajar a la calzada, supone jugarse la vida así que la mayoría prefieren ser incívicos vivos que cívicos muertos (o parapléjicos).

Los peatones deberían ser los aliados del ciclistas a la hora de pedir más carriles bici y/o una conducción más pacífica: más bicis supone menos contaminación atmosférica y acústica y más seguridad para ellos pues la bicicleta es un vehículo de bajo riesgo comparado con los coches y las motos. En lo que va de año, en Barcelona han muerto 10 transeúntes atropellados por vehículos de motor, el doble que el año pasado. Aun así los ciclistas se han convertido en el punching ball. La mayoría de peatones parecen adictos al estruendo del tránsito y a esnifar C02. Abroncan a los ciclistas y escriben cartas a los medios quejándose de las molestias que causan las bicicletas pero no lo hacen , por ejemplo, de los conductores que no respetan el límite de velocidad de las zonas 30. En los últimos tiempos se ha detectado un incremento de atropellos de peatones en estas zonas y se han contabilizado 6268 casos de infracción del límite de velocidad de 30 km/h desde principios de año.

En contra del bicing

Bill Murray también va en bici

No negaremos los problemas de convivencia entre bicis y peatones y que hay ciclistas muy burros. Por parte mía, estoy de acuerdo con que a los ciclistas se les exija carné, un seguro (si incluye el robo) e incluso se los multe de forma proporcional al peligro que causen (y también, ¿por qué no?, a los peatones que pasen en rojo o crucen la calle por lugares no autorizados). Estoy incluso de acuerdo en quitar el bicing. De hecho no me ha gustado nunca. Viví de forma bastante cercana su nacimiento y siempre me dio rabia que el dinero y esfuerzos que se dedicaban a su implantación, mantenimiento y aparato de propaganda no se destinaran a hacer más y mejores carriles bici. No me parecía lógico soltar toda aquella bicicletada en las calles antes de haber hecho las infraestructuras necesarias. El bicing nos cuesta actualmente unos 14 millones de euros al año.

A cambio de eliminar el bicing se puede promover formas más sostenibles porque todo el mundo pueda ir en bici: mercados de segunda mano e intercambio, talleres de autoreparación de bicicletas o proyectos de bicisharing. Es una cuestión de interés social pues más bicicletas es más calidad de vida para todos. Ahora bien, la mejor forma de promover la bicicleta es dejársela a uno de los que refunfuñan en contra para que den un paseíto con ella por Barcelona. Seguro que perdemos un enemigo y ganamos un adepto.

Os dejo con A bicyclette d’Yves Montand que ha sido mi banda sonora mientras escribía este post.

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La economía del bien común (o del sentido común)

Ante el desmoronamiento, además de la inevitable deseperación, la lógica indignación, el individualismo (cuando no la desvergüenza de algunos y las proclamas naïf de otros por suerte hay quien busca soluciones, quizá mejorables, pero posibles. Una de estas personas es Christian Felber, profesor de la Universidad Económica de Viena, que el lunes día 4 estuvo en Barcelona presentando su libro La economía del bien común publicado por Deusto.

Descubrí a Christian Felber a través del programa Singulars que dirige Jaume Barberà. Precisamente este gran periodista fue el encargado de presentar la conferencia de Felber. Barberà aseguró que en tiempos de emergencia no hay lugar para la neutralidad. Por eso, él mismo ha tomado partido para “denunciar a los que han roto nuestros sueños” y procura hacer su trabajo de la mejor manera posible, tal como recomienda que hagamos todos, sea cual sea nuestro oficio.

Una solución para España

Antes de hablar del sistema económico alternativo de la economía del bien común, Felber quiso hacer un breve apunte sobre como salvar el euro. Para él, las medidas que se están tomando no sirven. Sólo hay una posible salida pero es un tabú. Consiste en que el Banco Central Europeo garantice la deuda pública de la zona euro. A cambio, los países endeudados, como, por ejemplo España, se comprometen a repagar la deuda aplicando un impuesto sobre la propiedad privada. La propiedad privada en España es de 4 billones, cinco veces mayor que la deuda pública. Más de dos tercios de esta propiedad privada está en manos de un 10% de la población. Si durante cinco años, este 10% de la población pagara un 1% de impuestos sobre sus propiedades, en cinco años la deuda pública se reduciría al 45%.

Esta solución no se la ha sacado el austriaco de la manga, sino que es la misma propuesta que hizo hace un par de meses el Boston Consulting Group en su informe Back to Mesopotamia. Aun así, Felber no habló de la deuda privada de las grandes empresas españolas que, con Florentino Pérez a la cabeza, según The New York Times, es el gran problema económico de España. Así lo afirman economistas como Santiago Niño Becerra o Jonathan Tepper, también en Singulars.

En cuanto a la economía del bien común, Felber explicó las bases de su teoría. El sistema capitalista actual se basa en el afán de lucro y en la competencia, dos valores que sacan lo peor del ser humano. Pero estos principios no son leyes naturales sino que se pueden cambiar y se deben cambiar por otros dos valores: el bien común y la cooperación que son los que nos permiten crecer como personas. El problema de nuestro sistema es que hemos convertido el medio (el crecimiento económico) en el fin, cuando el objetivo de toda actividad económica debería ser el bien común. Este concepto ya aparece en la Política de Aristóteles y en la mayoría de constituciones europeas de forma ímplícita (recuerdo que el artículo 33.2 de la Constitución Española proclama la función social de la propiedad privada).

Más allá de la RSC

En la economía del bien común, una empresa cuanto mejor trate al medio ambiente, a los empleados, a los proveedores, etc., más éxito económico tendrá. Para que esta utopía se convierta en realidad, Felber ha ideado un instrumento:el balance del bien común. En el sistema capitalista actual tenemos dos herramientas para medir el éxito económico: el P.I.B, a nivel macro, y el balance, a nivel micro. Ambas miden el crecimiento económico pero no informan de aspectos fundamentales como, por ejemplo, si la empresa vende armas o alimentos ecológicos, si contamina o no, si trata igual a hombres y mujeres, si produce en la China con obreros trabajando en condiciones penosas o si satisface necesidades reales de las personas. Con el balance del bien común se analizan entre 15 y 20 factores que dan respuesta a estas preguntas.

De entrada, el resultado de este balance podría ser un certificado que, junto al código de barras, dé una información fundamental para la decisión de compra. El objetivo final es que el balance sea de obligado cumplimiento y que vaya acompañado de unas políticas de incentivo (tasas reducidas sobre plusvalías, tasas de aduanas reducidas, créditos con intereses reducidos, prioridad en compras públicas…). El balance del bien común supondría la superación de los actuales instrumentos de RSE que, en la mayoría de los casos, no son más que un lavado de cara para las empresas pues son voluntarios, elaborados por los propios interesados y sin consecuencias legales.

Por otra parte, la economía del bien común también implica reducir la brecha salarial estableciendo un salario máximo. En la conferencia hicimos un experimento: votamos cuál debería ser este salario máximo en relación al mínimo. La votación la ganó el factor 6, es decir, que si el mínimo son 1000 mensuales el máximo debería ser 6.000 euros al mes. Felber explicó que en todas sus charlas hace este experimento y en el 90% de los casos gana el factor 10. Una propuesta bastante razonable que está a años luz de la abusiva realidad. En Austria los sueldos más altos son 800 veces el salario mínimo, en Alemania 5000 veces, en USA 65.000 si nos centramos los sueldos de la industria y si nos fijamos en los de la industria financiera, llegan a ser 360.000 veces el salario mínimo.

Pasando a la acción

La economía del bien común no es sólo una teoría sino una ONG creada el 2010 en Austria por Felber y 15 empresarios pioneros para difundir y llevar a la práctica su modelo económico. Actualmente cuenta con cerca de 700 empresas que hacen o quieren hacer el balance del bien común y casi 2000 particulares que la apoyan. Economía del bien común ha empezado a trabajar en España desde hace seis meses, tal como explicó su representante, Ana Moreno.

La particularidad de la propuesta de la economía del bien común es que busca una alternativa económica y social dentro del marco legal exitente. Sencillamente tenemos que poner en práctica aquellos valores que adornan nuestras leyes. Pero ¿cómo podemos llevarlo a cabo con la clase política que tenemos? (esta pregunta la formuló, más o menos, la invitada especial del conferenciante, una niña de 10 años). Según Felber, es obvio que los políticos no nos harán caso porque la gran mayoría se dedican a favorecer los intereses de sus amigos. Entonces, hay que empezar a organizar y ensayar nuevos procesos democráticos, nuevas formas de participación. “Al fin y al cabo llevamos muy pocos años de democracia en la historia de la humanidad. El modelo democrático es válido pero tenemos que pasar a la democracia 2.0” Me quedo con la idea de que cualquier cambio económico necesita de un cambio político.

Swap de Naturóticas: el intercambio de ropa se puede hacer con estilo

Celebrando el Swap (foto de Visual Clips)

Nada más triste que un mercado de intercambio donde los participantes extienden sus pertenencias sobre una mesa de camping o en un trapo en el suelo en un totum revolutum donde las prendas de ropa se codean con una cazuela abollada o una colección de cromos del mundial 78. Los peatones interesados se acercan pero no pueden llevarse nada, lógicamente, porque no han traído nada para intercambiar y los que podrían hacerlo están parapetados detrás su propia paradita, lo cual no facilita la interacción. Y es que en algunas de estas iniciativas hay más buena voluntad que buena organización. Para no hablar de la imagen feísta y lastimera a la que parecen indefectiblemente ligadas. El objetivo de estos mercados es sumarse en busca de una economía más ética, pero cuando la ética nos hace perder la estética algo falla.

En las antípodas de este planteamiento se encuentran las swap parties, fiestas de intercambio de ropa con espíritu chic y divertido como el Swap al cual tuve el placer de asistir el pasado sábado. Se trataba del primer intercambio de ropa organizado por Naturóticas, las cuatro autoras del blog del mismo nombre dedicado a la difusión de la moda sostenible con glamour o slow fashion. El decálogo de la convocatoria ya era toda una declaración de intenciones resumida en la frase “no te pedimos basura, sino tesoros”. Si todas las participantes entendían el espíritu del evento, las expectativas de volver a casa con alguna pieza interesante casi seguro se verían cumplidas.

El intercambio de ropa se celebró en la tienda de arte, diseño y artesanía Mar de Cava. De buen grado hubiera cambiado las 10 prendas de ropa que traía (el número máximo permitido) y 10 más por alguno de los preciosos objetos de la tienda pero no era el caso. En el sótano del local se entregaban las prendas a intercambiar a las estilistas que hacían una selección estricta dejando de lado las poco limpias o demasiado viejas. A cambio, recibíamos un ticket con la cifra de piezas que nos podíamos llevar (tantas como habíamos traído) así como el número para el sorteo de una bandeja ilustrada, gentileza de Mar de Cava.

De nuevo arriba, las cerca de 40 participantes (sólo mujeres en esta primera ocasión) observábamos expectantes como iban subiendo las burras cargadas de vestidos, camisetas, chaquetas, pero también sombreros, bisutería y zapatos de segunda mano. Piezas de la temporada pasada o de hace 15 años, de Mango y H&M, pero también firmadas por Vialis, Miguel Gil o Thomas Burberry. De este modo podíamos ir descubriendo e incluso probando algunas prendas pero con el suplicio de no poderlas hacer nuestras y con la duda de si, cuando empezara definitivamente el intercambio de ropa, alguien más se lanzaría a conquistar el tesoro que habíamos hallado. Lo mejor era pasar el rato degustando el sabroso aperitivo y el buen vino que nos habían preparado las Naturóticas.

El intercambio se desarrolló sosegadamente a pesar que éramos cerca de 40 mujeres desnudándose y probándose roba, no sólo en los probadores, sino en rincones improvisados y mirándose en espejos ondulados. Por mi parte, fui fiel a las costumbres que practico también en las tiendas: probarme todo lo que encuentro veinte veces, estar indecisa hasta el final, preguntar si me queda bien (aproveché bien la presencia de las estilistas) y no marchar del todo convencida. Sin embargo, salir con ocho prendas de ropa bajo el brazo que han costado siete euros (el precio de la entrada) después de haber pasado un rato divertido y haber conocido gente agradable no deja lugar a dudas: repetiré. ¿Y vosotras, vendríais?

Nada más triste que un mercado de intercambio donde los participantes extienden sus pertenencias sobre una mesa de camping o en un trapo en el suelo en un totum revolutum donde las prendas de ropa se codean con una cazuela abollada o una colección de cromos del mundial 78. Los peatones interesados se acercan pero no pueden llevarse nada, lógicamente, porque no han traído nada para intercambiar y los que podrían hacerlo están parapetados detrás su propia paradita, lo cual no facilita la interacción. Y es que en algunas de estas iniciativas hay más buena voluntad que buena organización. Para no hablar de la imagen feísta y lastimera a la que parecen indefectiblemente ligadas. El objetivo de estos mercados es sumarse en busca de una economía más ética, pero cuando la ética nos hace perder la estética algo falla.

En las antípodas de este planteamiento se encuentran las swap parties, fiestas de intercambio de ropa con espíritu chic y divertido como el Swap al cual tuve el placer de asistir el pasado sábado. Se trataba del primer intercambio de ropa organizado por Naturóticas, las cuatro autoras del blog del mismo nombre dedicado a la difusión de la moda sostenible con glamour o slow fashion. El decálogo de la convocatoria ya era toda una declaración de intenciones resumida en la frase “no te pedimos basura, sino tesoros”. Si todas las participantes entendían el espíritu del evento, las expectativas de volver a casa con alguna pieza interesante casi seguro se verían cumplidas.

El intercambio de ropa se celebró en la tienda de arte, diseño y artesanía Mar de Cava. De buen grado hubiera cambiado las 10 prendas de ropa que traía (el número máximo permitido) y 10 más por alguno de los preciosos objetos de la tienda pero no era el caso. En el sótano del local se entregaban las prendas a intercambiar a las estilistas que hacían una selección estricta dejando de lado las poco limpias o demasiado viejas. A cambio, recibíamos un ticket con la cifra de piezas que nos podíamos llevar (tantas como habíamos traído) así como el número para el sorteo de una bandeja ilustrada, gentileza de Mar de Cava.

De nuevo arriba, las cerca de 40 participantes (sólo mujeres en esta primera ocasión) observábamos expectantes como iban subiendo las burras cargadas de vestidos, camisetas, chaquetas, pero también sombreros, bisutería y zapatos de segunda mano. Piezas de la temporada pasada o de hace 15 años, de Mango y H&M, pero también firmadas por Vialis, Miguel Gil o Thomas Burberry. De este modo podíamos ir descubriendo e incluso probando algunas prendas pero con el suplicio de no poderlas hacer nuestras y con la duda de si, cuando empezara definitivamente el intercambio de ropa, alguien más se lanzaría a conquistar el tesoro que habíamos hallado. Lo mejor era pasar el rato degustando el sabroso aperitivo y el buen vino que nos habían preparado las Naturóticas.

El intercambio se desarrolló sosegadamente a pesar que éramos cerca de 40 mujeres desnudándose y probándose roba, no sólo en los probadores, sino en rincones improvisados y mirándose en espejos ondulados. Por mi parte, fui fiel a las costumbres que practico también en las tiendas: probarme todo lo que encuentro veinte veces, estar indecisa hasta el final, preguntar si me queda bien (aproveché bien la presencia de las estilistas) y no marchar del todo convencida. Sin embargo, salir con ocho prendas de ropa bajo el brazo que han costado siete euros (el precio de la entrada) después de haber pasado un rato divertido y haber conocido gente agradable no deja lugar a dudas: repetiré. ¿Y vosotras, vendríais?