Archive for febrero 2012

Ruta Maleni por Barcelona

Lourdes Hernández, la cantante de Russian Red

Hace un tiempo leí un post en el blog de moda y tendencias Gratistotal que me hizo gracia. Habla de un nuevo fenómeno femenino que la bloguera denomina Malenis. Las Malenis son chicas que dedican su tiempo libre a cocinar y comer cupcakes, galletas y pasteles caseros, o a coser y hacer punto. Adoran las cosas hechas a mano así como todo el que es retro o vintage. Visten vestidos (preferentemente de estilo ingenuo, con flores o cuello bebé) y zapatos de punta redonda, planas o de talón bajo. Amelie (la de la película) sería la principal inspiradora de este movimiento filonaïf y un pelo cursi, aunque la actriz Zooey Deschannel o, en España, la cantante de Russian Red, Lourdes Hernández, responden bastante a este arquetipo. El nombre de Maleni vendría por la obsesión de las magdalenas porque, como dice Raquel de Gratistotal, los cupcakes no son más que magdalenas tuneadas.

Al hilo del mencionado post, otra bloguera, Miss Indie Style, ha escrito en su blog una ruta Maleni por Madrid y ahora yo me animo a hacer una ruta Maleni por Barcelona. ¿Por qué no? Refugiarse en épocas pasadas y evocar la inocencia perdida es un cálido refugio para los tiempos que corren. Además, yo también tengo mi parte Maleni. No cocino repostería (sólo, mucho tanto en tanto, la famosa coca del yogur) a pesar de que me gusta comerla. Odio coser (en La Yaya Costurera me hacen la ola cuando me ven venir) pero tengo querencia al retro y al vintage. Me encantan los vestidos aunque casi siempre voy con vaqueros y bambas. Por el contrario, me gustaría ir siempre con tacones pero sólo los uso en contadas ocasiones (el accesorio indispensable de los tacones es el taxi, tal como se veía en Sex & the City).

Claudine, complementos en la calle Puigmartí

Con un frío que pela me he ido por Gràcia para trazar la mejor ruta Maleni. Una auténtica Maleni (y muchas que no lo son) podría hacer todas sus compras en la calle Verdi. Un vestidito ingenuo en Kling o en Los patinas de Celia, los zapatos oxford o bailarinas en Sueños Negros, preferentemente de la marca Lili Mill, un portamonedas parecido al que llevaba mi madre hace años para ir al mercado y un colgante elegante que diríase robado del joyero de la abuela en D-Lirio, tienda de complementos actuales pero de aire retro. Si nos falta algún aditamento como, por ejemplo, sombrero o pañuelo, podemos ir a Claudine, en la calle Puigmartí, 22, delante del mercado de la Abaceria. Si lo queremos hecho a mano, podemos comprar unas bonitas diademas en Keboniko que también es un buen lugar para comprar un regalito y se encuentra en el número 3 de la calle Penedès.

Lady loquita en la Travessera de Gràcia

En el número 12 de la misma calle, está la tienda de andrea❤martínez, una diseñadora de aquí con preciosos vestidos e incluso bragas. De Andorra son las hermanas Herrador con la marca y tienda Touchemoa en la calle Ramón y Cajal, 9. En la Travessera de Gràcia, en los números 126 y 108, encontramos otras dos tiendas de ropa très chic. Son Ladyloquita y Ada que hoy luce en el escaparate un vestido con un enorme cuello bebé. Y ya que hemos llegado hasta aquí, podemos hacernos la manicura en Les ungles de la reina, en la plaza de la Llibertat, número 1. Ni rastro de la estética neoyorquina que exhiben otros locales de manicura. Aquí, mobiliario de toque barroco y spas de uñas con leche de almendras natural. Si lo que queremos es auténtica ropa vintage tendremos que ir a Graceland, en Torrent de l’olla, 110 y podremos recuperar todas las tendencias de los ochenta (si es que realmente queréis hacerlo).

Pero no todo es cuestión de imagen personal. A las Malenis les encanta coser (en Me sigues el hilo, en Torrent de l’olla, 87, dan clases de costura y punto), hacer scrapbooking (encontrarán todos los accesorios en Cromatismes, Travessera de Gràcia, 114), la fotografía analógica (en Nostàlgic, en la calle Goya, 18 venden, por ejemplo, carretes para Polaroid). En Merengue, en la plaza de la Vila, aprenderéis amigurumi (hacer muñecos de lana) o a modelar pequeñas piezas de pastelería en arcilla. También podéis encargar una réplica vuestra en plastilina que llaman Little tú.

Granja chocolatería La Nena

Ya es hora de pasar a la pastelería de verdad. En Amelia (otra vez Amelie) podréis comprar las ineludibles cupcakes y café para llevar. Han abierto hace poco en Ramón y Cajal, 4. Si preferimos sentarnos, en el número 36 de la misma calle está La Nena, granja-chocolatería que ofrece chocolate elaborado con leche fresca y zumos naturales de fruta fresca ecológica así como magdalenas, pasteles y galletas artesanos. La decoración es de estilo naïf y no sirven alcohol. Si esto os parece un poco demasiado malenismo y además se nos ha hecho la hora de cenar podemos hacerlo en Atmosphère, restaurante de estilo parisiense y romántico en la calle Venus, 1-3. Por mi parte, acabo la ruta en el Vreneli. Muebles shabby chic, galletas caseras (recomiendo la Sable) y wi-fi.
Esta es mi ruta Maleni (pero apta para todo el mundo) por Gràcia. Ciutat Vella y Ensanche, con Enric Granados como arteria Maleni, también podrían tener la suya. Lo dejo para otro día o para otros blogueros que se animen a hacerlo.

La austeridad o hacer de la necesidad virtud

Quiero escribir sobre austeridad y el escenario es perfecto. Estoy sentada en un día frío en un bar donde no hay nada. Detrás la barra, los estantes de acero inoxidable lucen impolutos y absolutamente vacíos. Me imagino que estoy en un café de la Europa del telón de acero, pero no. Estoy en un centro cívico donde los trámites burocráticos para la concesión administrativa de la cafetería se han atrasado. Mientras, han instalado unas máquinas expendedoras. Yo, el café me lo he traído de otro bar. Mi espíritu de sacrificio no es tanto como para mortificar mi cuerpo con los brevajes que perpetra el trasto de vending.

Desde que ha empezado la crisis, los políticos y mandatarios se llenan la boca con la austeridad y los periódicos también. La austeridad que proclaman se ha traducido en recortes sociales para reducir el déficit público. “Hemos estirado más el brazo que la manga y ahora nos tenemos que sacrificar” dicen. Quim Monzó explicaba en un artículo en La Vanguardia que estaba hasta el gorro de esta frase pronunciada por los que realmente han gastado más de lo que podían para echarnos el muerto a todos. Él citaba como ejemplo el caso de Alberto Fabra, presidente de la Generalitat Valenciana. Más indignante, si cabe, es oírlo de los que se han dedicado a robar y estafar. Recuerdo, por ejemplo, las lecciones de austeridad que daba el expresidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferran ahora imputado por apropiación indebida de 4,4 millones de euros del grupo Marsans, refiriéndose tanto al gasto público como a los trabajadores que, según él, se tenían que acostumbrar a trabajar más y ganar menos.

La austeridad ha marcado la agenda económica de la UE, pero con una clase media ahogada en vías de extinción y que cada vez gasta menos, parece que habrá que buscar algún estímulo. Primero han sido dos premios Nobel de economía, Joseph Stiglitz y Paul Krugman, los que han declarado recientemente que la austeridad desalienta la economía, mina la confianza de los consumidores y nos lleva a la recesión. En la última cumbre europea celebrada en Bruselas, los gobernantes han empezado a decir que los recortes no pueden ser la única vía dado que un paro galopante y el aumento de impuestos se traducen en una caída del consumo. ¡Incluso Merkel nos podría dejar respirar un pelín! Si los mandatarios se ponen nerviosos porque no gastamos bastante, quizás tendrán razón los que piensan que lo más revolucionario es no consumir.

Pero en un momento de crisis, cuando la austeridad es forzosa y los políticos se dedican a pevertir su significado, no es el mejor contexto para averiguar el verdadero sentido de esta palabra. Quizás mirar hacia atrás unos cuantos años, cuando las vacas todavía eran gordas. Entonces empezó a despuntar la filosofía del decrecimiento con el economista Serge Latouche como guía. Los seguidores del decrecimiento repudian la idea del crecimiento económico como un fin en si mismo. Predican trabajar menos, producir y comprar menos cosas inútiles y así cargarse menos el planeta. Paralelamente también surgió el movimiento del downshifting, ejecutivos que renunciaban a deslomarse por sueldos millonarios y carreras de éxito (la llamada carrera de las ratas) para disfrutar más de la vida y de un mejor equilibrio entre ocio y trabajo. Una idea contrapuesta (o no tanto) es el happyshifting formulado por Daniel Lyons y Montse Ventosa: buscar un trabajo donde nos sentimos realizados y felices y no vivir el ocio como una válvula de escape. Cómo decía Confuncio, “busca un trabajo que ames y no trabajarás ni un día en tu vida”.

Ahora el downshifting ya no lo hacemos sino que nos lo hacen, el hecho de tener un trabajo ya es suficiente motivo para sentirse happy y decrecemos las compras sin necesidad de seguir a Serge Latocuhe. La austeridad para muchos no es opción sino obligación. Aun así es un buen momento para extraer alguna lección que nos sirva por cuando vuelva la bonanza económica (porque volverá, ¿no?). Más allá del ahorro basado en la preferencia por marcas blancas, la caza de outlets y la captura de saldos diversos que la gente se chiva por la red, yo me inclino por el minimalismo. Es más deprimente empacharse de cachivaches de baratillo que no comprar nada. Serge Latouche dice que los tres pilares del capitalismo son la publicidad, la obsolescencia programada (hay un bonito documental al respeto) y el crédito. Crédito ya no nos dan pero vale la penar discernir lo que realmente necesitamos comprar y mirar que sea de buena calidad. Somos demasiado pobres para comprar barato como ya dije aquí.

Para mí, la estrategia es la siguiente: cuando pensemos en comprar una cosa, esperar unos días antes de hacerlo. Pasado el pronto, en muchos casos nos damos cuenta que no nos hace falta o que la podemos obtener de otro modo (mirar si a algún amigo o familiar le sobra alguna). En el tiempo libre, si vivimos en Barcelona, refugiarse en los parques, la playa o la sierra de Collserola, lejos de la tentación de las compras. Si vamos a pasear por un barrio lleno de tiendas “monas” como, por ejemplo, Gràcia o Ciutat Vella, dejarse la tarjeta en casa y llevar encima sólo cuatro duros (tal como recomienda Valentina Thörner en su blog). Pero tampoco hace falta que todo sea miseria y compañía. Si tenemos que comprar, compremos cosas bonitas, de calidad (dentro de nuestras posibilidades), fijémonos donde y cómo han sido producidas. Así podemos tener nuestros momentos de lujo adquisitivo (que, a pesar de que parezca tópico, si son pocos, son mejores) aunque sea comprando un tomate que sabe a tomate.

De #Mestres a Redes

El martes por la noche hice algo insólito. Vi la tele. En Tv3 estrenaban el programa Mestres que nos habían recomendado en la escuela. El programa quedó muy bonito, muy bien hecho, muy emotivo (sí, yo también lloré con la jubilación de Carmeta) y con palabras y reflexiones muy sabias de muchos maestros. Quedó claro que tenemos buenos profesionales con vocación, dedicación e ideas claras y muy válidas de lo que debe ser la educación. Qué guai, ¿no? Pues nada ya podemos ir a dormir tranquilos. Me asalta la duda de si realmente el programa continúa la próxima semana porque, si sigue esta línea, pocas cosas quedan por decir.

La otra duda que me asalta es que, si tenemos maestros tan buenos, y estoy convencida que los tenemos, ¿por qué el sistema educativo es tan “mejorable”? No lo digo yo, lo dice todo el mundo: padres, maestros y políticos. Otra cosa es que nos pongamos de acuerdo sobre qué es un buen sistema educativo y cómo se tiene que conseguir en vez de echarnos las culpas los unos a los otros de la situación actual. ¿Por qué no hablamos de eso en Mestres?

Según la web del programa, “Mestres es una serie sobre el mundo de la escuela y la educación, que muestra cómo son y que hacen los hombres y las mujeres que viven la educación a pie de aula”. Respecto al primer capítulo explican: ” Abrimos la serie preguntándonos si el trabajo de maestro o de profesor es vocacional, y si es suficiente vocación lo de “me gustan mucho los niños” para dedicarse a la enseñanza. Qué hay que tener para ser maestro, como se aprende, qué tiene de atractivo y de difícil esta profesión y qué gratificaciones y problemas comporta”.

Si hablamos de la vocación, ¿por qué no hablamos también de los malos maestros que nunca han tenido vocación o la han perdido y pululan de escuela en escuela porque todas se los sacan de encima? Si estamos de acuerdo en que un buen maestro te puede salvar la vida ayudándote a descubrir tu potencial, también podemos recordar que un mal maestro te puede estropear el interés por una materia o hacerte perder un año sin aprender nada a pesar de las buenas notas. Si queremos hablar de cómo se aprende a hacer de maestro, ¿por qué pasamos tan de puntillas por la formación que se imparte a la facultad de magisterio? Los problemas que encuentran los maestros para hacer su trabajo ni siquiera se han mencionado en el primer programa. Problemas con el sistema educativo, con la Administración, con los alumnos, con los padres… no existen en Tv3. Y por último, ¿por qué no salen expertos en educación, científicos, pensadores… ?

Me parece muy bien que la televisión pública reivindique la tarea de un colectivo que ahora recibe palos por todos lados. Se lo merecen. Además hay que darles una inyección de moral para que aguanten los recortes de sueldo y de recursos y los cambios de criterios y planes de estudio cada dos por tres exigiendo resultados inmediatos. Quizás no es el objetivo del programa debatir sobre el sistema educativo pero si es así (todavía tenemos que ver por donde irán los próximos capítulos) es una oportunidad perdida. Lástima. Y no me refiero a hablar de si el bachillerato tiene que tener un curso más o si los alumnos tienen que leer 15 libros obligatorios o cuatro. Todo esto es morralla. Hablo de plantearnos que es educar y cómo se tiene que hacer para que los alumnos salgan de la escuela con capacidad de pensamiento crítico y creativo, de analizar, filtrar y sistematizar el alud de información, de trabajar en equipo compartiendo conocimientos, de gestionar las propias emociones y relacionarse con los otros. Plantearnos si se los educa para ser ciudadanos de pleno derecho con capacidad, no sólo de integrarse plenamente en las estructuras sociales, sino de cambiarlas si es necesario.

Y es que cambiar las estructuras sociales, como, por ejemplo, la escuela, cuesta Dios y ayuda. Todos los medios llenan páginas hablando del sistema finlandés y de su éxito pero nadie se propone copiar lo que tiene de positivo. Le damos el premio Príncipe de Asturias a Howard Gardner, creador de la teoría de las inteligencias múltiples que afirma que no todo el mundo aprende del mismo modo y que gracias a las nuevas tecnologías podemos dar una educación personalizada donde cada alumno pueda desarrollar su potencial. ¿Por qué no lo invitamos para que nos asesore sobre como cambiar nuestra enseñanza? Quizás porque supondría replantearnos demasiadas cosas. Howard Gardner coincide con el experto en educación Ken Robinson en que el sistema educativo actual es obsoleto y que no sirve para extraer lo mejor de los niños. Robinson asegura que estamos usando un sistema del siglo XIX, creado durante el auge de la revolución industrial, para formar a los chicos y chicas del siglo XXI. Robinson cuestiona que los alumnos se dividan en cursos en función del año de nacimiento, que los estudios estén compartimentados por asignaturas o que se tengan que hacer exámenes individuales, tal como se puede ver resumido en este video.

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Falta ver cómo serán los próximos episodios de Mestres pero mientras, si queremos ver un programa sobre educación, tendremos que ver entrevistas en el programa Redes de Eduard Punset donde entrevista, entre otros, a Howard Gardner y a Ken Robinson.