Archive for enero 2012

¿Acabaremos todos plantando tomates?

Me he apuntado a la Comisión de la Biblioteca y a la del Huerto de la escuela de mi hija; alimento para el cuerpo, los sentidos y el espíritu. Pero en la Comisión del Huerto no estoy sólo por altruismo; quiero aprender. En casa sólo tengo dos plantas, eso sí, desde hace más de diez años. Mi relación con ellas se limita a tocar la tierra de los tiestos cuando paso por delante. Si está húmeda, paso de largo. Si está seca, las riego. Su tenacidad para sobrevivir me conmueve. El tronco del Brasil incluso me regaló una flor el invierno en qué yo estaba embarazada. Recuerdo que nada más abrir la puerta de casa ya podía su perfume.

Pero ahora estoy pensando que debería aprender horticultura porque ya veo que acabaré, si no es que acabamos todos, plantando tomates. Leo en La Vanguardia que el mundo rural resurge como refugio ante la crisis. Siempre ha sido así en todas las crisis y en todas las guerras. Mientras haya tierra para cultivar y ganado no hay hambre. Sin llegar al extremo de la economía de autosubsistencia, es cierto también que en los pueblos la vida es más barata y se gasta menos. Hace falta, sin embargo, que nos preparemos porque la mayoría de los urbanitas somos unos analfabetos botánicos. Por mi parte, como miembro de la Comisión del Huerto, me estoy planteando hacer un seminario sobre compostaje. Si hace unos años me hubieran dicho que estaría interesada en la fase más maloliente del ciclo de la vida, no me lo hubiera creído. Ayer me hicieron una descripción detallada de lo que se puede encontrar en un compostador en pleno rendimiento y me fascinó tanto como repugnó. Ya digo que me lo estoy planteando.

Además de la crisis, hace tiempo que se ha desatado la obsesión por los huertos urbanos. El afán para comer sano, natural y ecológico, la añoranza de la tranquilidad de la vida rural y el contacto con la naturaleza, la voluntad de implicarnos en procesos que piden tiempo y dedicación para retardar nuestro ritmo de vida (ya sabéis, el Slow, el Do It Yourself,…), son algunos de los motivos. Proliferan todo tipo de ingenios para tener un huerto en el balcón o la terraza. Desde mesas hasta las jardineras Leopoldo o sacos especiales. La versión barata sería hacerlo en macetas y jardineras (el llamado macetohuerto) o, incluso, en bolsas de Ikea tal como he visto aquí. También podemos encontramos en la red un montón de blogs explicando las evoluciones y tribulacions de la huerta urbana. La web Huerto Urbano nos ofrece un listado completo. Destaca El Balcón Verde donde los blogueros incluso ofrecen talleres sobre huerto urbano. En los centros cívicos como, por ejemplo, la Sedeta, también dan cursos.

Pero no nos engañemos, tener una mesa de cultivo en la terraza o jardineras con tomateras es como tener una piscina hinchable para remojarse en verano en vez de ir a la playa. Una compañera de la Comisión del Huerto, jardinera de profesión, me explicaba que los jardines públicos son una conquista social muy reciente en la historia. Antes los jardines eran siempre privados y disfrutar de ellos, un privilegio de las clases aristocráticas (pienso en el jardín paisajístico de Las afinidades electivas de Goethe). Del mismo modo,en la sociedad urbana tener un huerto, recuperar este vínculo con la naturaleza, es también un privilegio. Por eso queremos que nuestros hijos saquen el máximo provecho del huerto escolar. Ya que tienen la suerte de tener este espacio, que lo disfruten y aprendan.

Además de huertos escolares, en Barcelona, existen huertos municipales pero están reservados para mayores de 65 años. Ya me parece bien, los niños y los abuelos primero. Pero a los demás, ¿qué nos queda? O alquilarlo, como, por ejemplo, estas parcelas en Gavà , o okuparlo, como los huertos de Can Masdeu y del barrio de Porta en Nou Barris.

Me atrae la idea de ir a regar mi huerto sin salir del barrio pero, aunque toda ayuda reivindicativa es bienvenida, por favor, nada de graffitis feistas ni de estética okupa (¿por qué cada vez que defendemos una idea nos tenemos que quedar, no sólo con todo un pack ideológico, sino incluso estético?). Que esté bien limpito y ordenado. Pondría una pérgola y por la mañana iría a leer las Geórgicas de Virgilio y por la noche haríamos cenas a la luz de las antorchas. Un huerto urbano con clase, vaya.

Trabajo, esfuerzo y vida contemplativa

Casi no tengo trabajo y voy estresada. ¡Tiene narices, la cosa! Pienso que quizás necesito organizarme mejor el tiempo y pido por préstamo interbibliotecario el libro Organízate con eficacia de David Allen. Subtítulo: Máxima productividad sin estrés. Desde la biblioteca me avisan de que ya lo tienen pero paso una semana sin encontrar el momento para pasarlo a buscar. Cuando al fin voy, resulta que ya lo han devuelto a la biblioteca de origen. Lo vuelvo a pedir y, ahora sí, lo recojo puntualmente, pero se pasa días durmiendo en mi mesilla de noche sin ser abierto. Pienso que se trata de un libro condenado a no ser leído por quien lo necesita. Para desmentirlo empiezo a leerlo al punto. Todo va como una seda hasta que llego al capítulo en que el autor me dice que tengo que comprar carpetas y etiquetas a porrillo y empezar a archivar metódicamente todo el papeleo que ahora guardo sin criterio. Caso prefiero que me saquen una muela. Allen insiste en qué será de lo más divertido pero yo soy una mujer de poca fe.

¿Quizás soy una floja y me ahogo en un vaso de agua? Recuperar la cultura del esfuerzo es el nuevo mantra. Pues, ¡venga, me esforzaré más! Pero ¿para qué y de qué manera? Esta es la cuestión. El sociólogo Salvador Cardús explica que “se ha puesto de moda todo esto de la cultura del esfuerzo. No deja de ser retórica moralizadora sobre algo que es muy elemental. Y es que para hacer cualquier cosa bien hecha hace falta dedicar tiempo y atención. No es cierto que el esfuerzo por él mismo sea un valor. Yo no tengo ningún interés al esforzarme inútilmente”.

Pues yo tampoco. Y tampoco creo que el esfuerzo tenga un valor moral. Según definición del Diccionario de la Real Academia, esfuerzo es empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades. Entonces la moralidad está en la finalidad y no en el hecho de esforzarse. Siempre me han fascinado las historias de ladrones y estafadores que sudan la gota gorda para cometer sus delitos. ¿No les saldría más a cuenta fichar en una oficina? También me escama que la Consellera de Enseñanza, Irene Rigau, dé tanto la vara con el esfuerzo, que al fin y al cabo és un medio, y tan poco con el conocimiento, que para mí es un fin en si mismo, no un medio para superar exámenes y pruebas de nivel y lograr un estatus profesional y social. ¿Por qué la Consellera no habla de recuperar el placer de aprender?

El psicólogo Rafael Santandreu apunta en esta entrevista en el programa Singulars que la fuerza de voluntad es una fuerza muy mediocre para conseguir cosas, que sólo con fuerza de voluntad no se llega muy lejos en la vida. Considera que es mucho más potente la fuerza del goce, la joie de vivre, que dicen los franceses. La misma idea la encuentro en el libro Encantado de conocerme. Comprende tú personalidad a través del Eneagramade Borja Vilaseca. Vilaseca me da un consejo para centrarme (a mí y a los que son como yo): ”concédete más tiempo para descansar y divertirte: la verdadera inspiración proviene de la alegría y no de trabajar en exceso”. Me recomienda también que me siente en un banco del parque sin hacer nada, disfrutando conscientemente de mi inactividad.

No sé si trabajo en exceso. Más bien me siento como Charlot en aquella escena de Tiempos Modernos donde interpretaba un obrero que, después de ser apartado de la línea de producción en cadena, todavía conserva el tic de ir apretando tornillos a diestro y siniestro. Así, me dedico a llenar el tiempo de cosas para hacer, a escribir listas de tareas pendientes. Me consuelo pensando que es un mal de muchos. Hoy en día, la agenda del fin de semana es tan frenética como la del trabajo y del mismo modo que en la oficina parece que trabaja más quién más horas se parece en ella, en el tiempo libre parece que se lo pasa más bien quién encadena más actividades de ocio una tras otra.

Se da la paradoja de que productividad y creatividad, otros dos mantras invocados para salir de la crisis, a menudo son conceptos opuestos al trabajo tal como lo concebimos hoy en día. A veces, trabajar menos quiere decir trabajar mejor, más concentrado, en estado de flujo. Por otro lado, la creatividad necesita espacios para la reflexión. Pensar más y hacer menos.

Quizás pensáis que estoy buscando una justificación para salir a vagar por las calles soleadas, para sentarme en las terrazas y ver la gente pasar. Pues habéis acertado. Y coartadas no me faltan: desde el Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell, pasando por el movimiento Slow hasta la última contra de La Vanguardia que he leído: “Trabajamos más que un esclavo romano”, dice Antonio Fornés. (¡Caray! ¿Cómo lo sabe?).

A raíz de un artículo en El País descubro que no estoy sola en mi afán de hacer más el vago. Tom Hodgkinson, escritor y periodista, ha fundado en Londres una academia que promueve la vagancia y la vida contemplativa. En la Idler Academy, que también es librería y café, además de los cursos de gandulería se estudian cosas tan poco productivas como por ejemplo, latín, poesía y ukelele. Libertas per cultum (libertad a través de la educación) es su lema. Hodgkinson es también el editor de la revista The Idler (el holgazán) y de libros como Elogio de la pereza y Cómo ser libre.

Decidido. Haré un esfuerzo para parar un poco en mi actividad diaria y sentarme a hacer vida contemplativa. Lo apuntaré en la lista de tareas pendientes.

¿Por qué no hablamos claro?

“Qué pasaría si sólo usaras las palabras que transmitieran mejor y de forma más clara la esencia de tu trabajo? Qué pasaría si no usaras el mismo lenguaje que tus colegas profesionales? Atrévete!”

Este es el extracto de un mensaje que me salió en una galleta de la suerte. Sí, una de aquellas que dan en algunos restaurantes chinos. A qué restaurante más extraño he ido, ¿no? No he ido a ningún restaurante, me he pasado por La estrategia blog. Su autora, Jenifer L. Johnson, ha preparado unas galletas con mensajes para guiarnos en nuestros proyectos para el 2012 y a mí me ha salido este. Así que me pongo manos a la tarea de reflexionar sobre ello.

En otra vida fui abogada. Me licencié en Derecho y estuve un tiempo (corto) ejerciendo la profesión. Recuerdo los textos redactados en un lenguaje incomprensible para el común de los mortales y con una sintaxis de lo más retorcida, no fuera caso que alguno de los implicados los entendiera. El Derecho, como toda disciplina, tiene un lenguaje propio, pero todo el mundo tendría que ser capaz de entender un escrito judicial que le afecta. La narración de hechos en una demanda o sentencia no tiene ningún secreto; se trata de explicar qué ha pasado o que está pasando. Nada impide al abogado hacerlo en un estilo directo, con frases simples: sujeto, verbo, predicado. Si lo hacían Ernest Hemingway o Josep Pla, los abogados también pueden hacerlo sin temor a bajarse de un supuesto pedestal cultural. Aun así es habitual el uso de los tiempos perfectos de subjuntivo, las subordinadas y las frases inacabables.

El mundo de la empresa también tiene su propio argot, un guirigay de neologismos, anglicismos y palabras vacías que se cuece en las escuelas de negocios y que infesta todas las comunicaciones corporativas orales y escritas: posicionar, implementar, sinergias, feedback, team buiding, alinearse, partner, optimización de recursos, objetivos estratégicos, valor añadido… Trabajé en una pequeña empresa. Cada año por Navidad, el jefe nos convocaba a una reunión para hacer balance. Nos pasaba un PowerPoint y soltaba una arenga igual a la del año anterior con este argot corporativo. Hablaba de nuestro posicionamiento en el mercado y de los objetivos estratégicos logrados, de la necesidad de orientarse al cliente y crear valor a la vez que optimizar recursos, ser más flexibles y crear más sinergias entre departamentos (es decir, los cuatro gatos que formábamos la compañía). Nada de cifras concretas o de mencionar el despido de compañeros. Y es que a menudo este discurso vacío, las fotos estereotipadas y el esquematismo del PowerPoint se utilizan para crear una realidad ficticia.

Conozco otra empresa que, ante la crisis, uno de sus principales afanes era motivar a los trabajadores, (perdón, los colaboradores, según su libro de estilo corporativo). No se les ocurrió nada mejor que colgar en las oficinas pósters de los valores de la empresa con la mencionada retórica vacua y las inevitables fotos donde los directivos tienen veinte años cumplidos y una eterna sonrisa Profidén. ¿No podían hablar cara a cara explicar la situación sin tapujos y proponer entre todos soluciones concretas? La impostura provoca el desencanto y la desconfianza de los trabajadores, si no se han vuelto tontos con el uso de estas prácticas. Así lo augura, por ejemplo, Frank Frommer autor de El pensamiento PowerPoint (en Suiza ya existe un partido en contra de este programa informático) o Dan Pallota en su bloc en Harvard Business Review.

Algunos ya nos toman por tontos cuando intentan omitir las verdades más evidentes. Me llega una carta de Nespresso con un tarjetón anunciándome: “A partir de ahora nos encontrará a Paseo de Gràcia 55”. ¿A partir de ahora? ¡Pero si esta tienda hace años que está abierta! Leo la carta que lo acompaña: “ Con el fin de facilitarle sus momentos de degustación de café Nespresso, a partir de ahora, los servicios que disponía en nuestra Boutique de Paseo de Gràcia 102, los encontrará en Paseo de Gràcia 55”. ¡Ah!, me quieren comunicar que han cerrado la tienda de Paseo de Gràcia 102. Aun así esta noticia, no se menciona en toda la carta. El segundo párrafo se dedica a cantar las excelencias del local de Paseo de Gràcia 55 y el tercero a decir que están muy orgullosos de contar con una red de 35 tiendas (perdón, “boutiques”) en España y Andorra y bla, bla, bla. ¿No es ridículo? ¿Consideran vergonzoso cerrar una tienda en tiempo de crisis? Pues de este modo, todavía lo parece más.

Los medios de comunicación también son cómplices de esta epidemia y aquí es donde tengo que entonar el mea culpa. Incluso los que odiamos este lenguaje estamos contagiados. Así que, siguiendo el consejo de mi galleta de la suerte, me propongo intentar escribir siempre claro. Lo peor de este lenguaje que nos uniformiza es que, no sólo es intelectualmente nimio y moralmente hipócrita, sino muy, muy feo.

En contra de El secreto y del pensamiento positivo

Podría haber formulado el titular de esta entrada en positivo (por ejemplo, “A favor del pensamiento crítico”), tal como recomiendan los seguidores de la religión del llamado wishful thinking. Pero, claro, no les quiero dar la razón. Aclaro que con un buen cafelito en la mesa, contemplando, por un lado, el mar y las palmeras en un día de sol, y, por otro, el entrenamiento del equipo masculino de waterpolo del Club Natació Atlètic Barceloneta, no me siento negativa ni amargada, precisamente (cómo algunos podrían pensar). Más bien me siento como una alumna que hace campana: díscola y libre.

Nunca he buscado El secreto pero El secreto, de vez en cuando, me viene a buscar a mí (¿será por voluntad del universo?). Recibo mensajes de alguien que habla de este best seller mundial de Rhonda Byrne o de la película del mismo nombre y los recomiendan para conseguir objetivos profesionales y empresariales. También, de forma implícita, leo consignas en la línea del pensamiento positivo: protestar o criticar el sistema es “muy negativo”, no nos tenemos que fijar en lo que hacen las élites políticas y económicas sino en nosotros mismos. O también, que un enfermo de cáncer se puede curar si tiene bastante voluntad y si se acaba muriendo es porque no había afrontado una metástasis del copón con suficiente optimismo. Evidentemente, instalarse en la queja constante me parece improductivo y desgastador y creo que una actitud optimista y vital son un factor clave para recuperarse de una enfermedad. Pero me niego a vivir en un falso mundo de Yupi donde todo, desde la crisis al cáncer, es maravilloso. Se puede ser crítico y optimista a la vez. Lo uno es una actitud intelectual, lo otro, una actitud vital.

Como tenía la mosca detrás la oreja me decidí a ver la película El secreto. De entrada su estética ocultista al estilo del Código da Vinci pero en cutre me echó atrás. También me sorprendió su materialismo e individualismo desatado. Algunas imágenes que ilustran los testimonios de los participantes son absolutamente bobaliconas: la chica que mira concentrada un collar en un escaparate y después se lo regalan. El tipo al que le roban la bici justamente por asegurarse de que el candado está bien cerrado (¿quizás tendríamos que dejar las bicis sin atar? Mejor abstenerse de probarlo en Barcelona). La mujer que se cura un cáncer sin quimioterapia ni radioterapia, sólo con autoconvencimiento y películas de Charlot. Los gurús de andar por casa que aparecen dicen grandes verdades (no es ironía): hay que amarse a un mismo para amar a los demás y que los demás nos amen. Hay que estar agradecido a la vida por todo lo que ya tenemos. Si nos concentramos en las cosas que nos gustan de nuestra pareja en vez de en lo que nos molesta, nuestra relación mejorará. Si tenemos una actitud positiva nos sentiremos mejor, lo transmitiremos a los otros y los atraeremos. ¿Pero atraeremos un BMW o un cheque de 100.000 dólares, tal como asegura la peli? ¿Cómo se produce este salto de la psique a la realidad física?

Para el psicólogo Rafael Santandreu, autor de El arte de no amargarse la vida, pensar que si deseo una cosa la obtendré no es más que un pensamiento mágico, acientífico, tal como afirma en esta entrevista en el programa Singulars. Santandreu asegura que estas ideas tienen éxito porque todo lo que es mágico y misterioso nos atrae y, sobre todo, porque no piden ningún esfuerzo. Más lejos va Barbara Ehrenreich, periodista autora de Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo. En esta entrevista en el Magazine de La Vanguardia, Ehrenreich critica que el pensamiento positivo se centra en atraer bienes y no en hacer un mundo mejor. Asegura que esta corriente anula el sentimiento de colectividad, pues si partimos de la base de que todo lo que nos pasa es culpa nuestra y que tenemos que huir de los quejicas, estamos evitando cualquier acción crítica organizada al sistema.

La periodista explica como el pensamiento positivo se usa mucho en el ámbito profesional como herramienta de motivación. Es por eso que quedo para tomar un café con Sol Arrabal, coach con formación teatral y en focusing. Según Sol, el error del pensamiento positivo es la negación de “la sombra”, de nuestro lado oscuro. Todos sentimos en algunos momento rabia, dolor, miedo… emociones que forman parte de la vida. “Rechazarlo sólo fomenta el individualismo y la carencia de empatía y genera un sentimiento de culpa y frustración en quien lo sufre. No se tiene que negar “la sombra”, sino encender una luz”, afirma. Es decir, permitirnos nuestros sentimientos y mirarlos frente a frente para averiguar qué nos pasa. Como coach, Sol asegura que algunos profesionales de este ramo practican el pensamiento positivo para buscar una solución rápida a los problemas de los clientes, solución que acaba siendo sólo un parche, pues no va al fondo de la cuestión. Ella defiende un slow coaching dónde es fundamental acompañar a la persona en sus emociones y ayudarla a avanzar en el autoconocimiento.

Para que no sea dicho, me quedo con una frase de uno de los participantes en la película El Secreto: “Si algo te divierte, ¡por el amor de Dios, hazlo!” Pues yo me he divertido mucho escribiendo esta entrada. Para acabar, os dejo una canción “muy positiva”, interpretada en la magnífica serie Tremé.

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Cosmética ecológica, natural, barata… ¿Todas o ninguna?

La compra de potingues se me ha complicado mucho últimamente. Antes iba a la perfumería, al súper o la farmacia y compraba lo que me parecía, según mi presupuesto, eligiendo el producto que olía mejor o el que tenía la caja más bonita, o era de la marca más glamurosa, o me había recomendado una amiga. Pero cuando fui madre se empezó a complicar la cosa. Antes ya habían comenzado las alertas sobre los componentes tóxicos de los cosméticos como, por ejemplo, este informe de Greenpeace, pero todavía pensabque de algo se tenía que morir o que poca cosa podía hacer.

Pero cuando tienes un hijo empiezas a mirar los ingredientes de las papillas y acabas mirando los del jabón. En el parque y en la escuela siempre hay padres y madres muy documentados que tienen el detalle de informarte sobre la porquería que le estás dando a tu niño pues trae el componente xxx que es fatal para la salud y el medio ambiente. Y como tu hijo es tu joya, ya tienes la mosca detrás de la oreja. Y, claro, si los jabones y champús corrientes son una bomba química para tu hijo también lo son para tí. ¿Quizás ahora tendrías la piel de porcelana si en lugar de ponerte derivados del petróleo te hubieras lavado la cara con agua de la fuente? Entonces te empiezas a informar y a replantearte la compra de cosméticos.

En Ecochic de Margaret Fenwick, leo que los parabenos (presentes en mis ampollas milagrosas Germinal) afectan al sistema reproductor y pueden ser cancerigenos. También puede serlo el formaldehído que también afecta al sistema inmunológico pero, ¡cuidado!, no aparece con este nombre sino como Diazolidinyl Urea o Imizadolidinyl Urea (presente en mi champú Deliplus). La Guía de tóxicos publicada por Alternativa Verda con el apoyo de La Caixa y la Generalitat de Cataluña advierte que el DMDM Hidoina es un cancerígeno probado (presente a mi champú Wella). El plomo, reconocido neurotóxico según Fenwick, se encuentra en la pasta de dientes infantil Licor de Polo de mi hija. ¡Aaarggg! Estos tóxicos se encuentran en cantidades muy pequeñas. Pero si juntamos los del champú, más los del gel, más los del desodorante, más los de la pasta de dientes, utilizados cada día, durante años… Annie Leonard, conocida por el documental Historia de las cosas, lo explica muy bien en este video.

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Entonces, ¿qué tenemos que hacer? ¿Ir a comprar con la lista de tóxicos en la mano y repassar todos los ingredientes de cada producto? ¿No sería mejor que los prohibieran directamente? Mientras las autoridades competentes se lo piensan, lo más seguro es acudir a la cosmética natural y ecológica. Pero decir que un cosmético es natural sale gratis; cualquier fabricante lo puede poner en la etiqueta y quedarse tan ancho. Para mayor seguridad, hay que ir a buscar productos certificados por sellos como Natrue, Soil Association o Ecocert. Natrue y Ecocert distinguen entre cosméticos ecológicos y naturales: los dos tienen que tener un 95% de ingredientes naturales, pero en los ecológicos, el 95% de los componentes vegetales tienen que provenir de la agricultura ecológica. A nadie se le escapa, sin embargo, que comprar exclusivamente cosméticos certificados, desde el desodorante hasta el pintalabios, sale el doble de caro o más (si alguien conoce alguna marca económica, que me la diga, por favor). Para acabarlo de arreglar, hoy en día, la perfumería de bajo coste ofrece auténticas tentaciones: desde la línea Deliplús de Mercadona con tónicos y desmaquillantes por poco más de un euro, a la marca Essence, fabricada en Polonia y distribuida por las perfumerías Bodybell, con máscara de pestañas por tres euros y polvo compacto por tres con 90. Si nos tenemos que acabar intoxicando con los cosméticos, como mínimo que nos salga barato.

Y una, que es concienciada pero de economía y voluntad débil, acaba sucumbiendo. Hoy en mi baño convive el champú infantil Urtekram (danés y ecológico pero que deja el cabello un pelo reseco), el Sanex 0% (sin parabenos pero con otros compuestos químicos), el aceite de rosa mosqueta o la crema facial Xepkhon, barata barata, con packaging antiglamur, olor “peculiar”, parabenos a porrillo y magnífico resultado.

¿No es posible la cosmética ecológica o natural barata? ¡Por supuesto! La solución es volver a las recetas de la yaya: vinagre para el cabello, mascarillas de yogur y pepino, rodajas de patata para las bolsas de los ojos. No es cachondeo. Es lo que recomienda la guía de tóxicos de Alternativa Verda. Todo es probarlo. Y si lo haces con alimentos ecológicos, ya lo tienes: cosmética ecológica

The yes men: activismo político y humor desvergonzado

La noche de Navidad recibí un regalito en mi bandeja de entrada. Una compañera de la red de mujeres ejecutivas EOL nos mandó un mensaje sobre la película The yes men. Dada la vorágine de las fechas navideñas, leí el correo “en diagonal” (eufemismo que quiere decir deprisa y sin prestar mucha atención) pero me reservé la noche de reyes para ver las pelis The yes men y The yes men fix the world y ha sido una de las mejores sorpresas de esta Navidad.

The yes men son Andy Bichlbaum y Mike Bonano, dos activistas políticos que practican la “corrección de personalidad” para denunciar, con la sátira como arma, empresas y organizaciones que ponen los beneficios económicos por encima de todo. Haciéndose pasar por portavoces de corporaciones como McDonald’s, Exxon o la Organización Mundial del Comercio, se cuelan en congresos donde imparten ponencias delirantes soltando todo tipo de barbaridades acompañadas por gadgets, disfraces y animaciones grotescas, todo con la máxima seriedad. Detrás de Bichlbaum y Bonano hay una red de colaboradores y voluntarios que actualmente ya sobrepasa los 300 miembros. Y es que sus performances no son meras payasadas sino acciones muy conscientes con gran dificultad de preparación y , tal como se puede ver en los dos films.

The Yes Men (2003) explica como Bichlbaum y Bonano crearon una falsa página web de la Organización Mundial del Comercio con apariencia de oficialidad y contenidos hilarantes. El objetivo era burlarse de las supuestas buenas intenciones de la OMC, que aboga por el libre comercio “para promover la igualdad entre todos los países”. Aún así, más de uno confunde este lugar web con la página real (¿también leen “diagonal”?) y a través de él les llegan correos invitando a la OMC a participar en congresos y jornadas. No hay que decir que Bichlbaum y Bonano aceptan encantados. Repeinados y con traje y corbata acuden a varios actos. En un encuentro del sector textil en Finlandia presentan el traje de ejecutivo del futuro: un mono dorado ajustado con un apéndice similar a un falo enorme con pantalla incorporada para controlar la producción en las plantas del tercer mundo. En la Universidad de Plattsburg, dan a conocer un sistema para paliar el hambre en el tercer mundo: reciclar las hamburguesas digeridas (para decirlo de forma fina).

En The Yes Men fix the world (2009) continúan con el mismo método pero con más medios, mejor factura audiovisual, objetivos diversificados y acciones más sonadas. A través de una web falsa de Dow Chemichal reciben una solicitud de la BBC para entrevistar representantes de esta empresa química con motivo del vigésimo aniversario de la tragedia de Bhopal (India). En 1984, un escape de gas tóxico en una planta de pesticidas de la compañía Union Caribde (después adquirida por Dow Chemical) causó la muerte a más de 20.000 personas y dejó secuelas a más de 500.000. Bichlbaum, como supuesto representante de Dow Chemical, anuncia que destinarán un fondo de 12 billones de dólares para compensar las víctimas y limpiar la zona, todavía contaminada. El anuncio causa la caída de las acciones de Dow hasta que la compañía desmiente la noticia. Los Yes Men también presentan un biocombustible hecho con despojos humanos, una bola hinchable para protegerse de los efectos del cambio climático y anuncian en Nueva Orleans que la Administración reabrirá un grupo de viviendas ligeramente afectadas por el Katrina en vez parte de derrinbarlas para hacer de nuevas tal como tenían previsto.

Durante la película, reímos con el ingenio y la jeta de Bonano y Bichlbaum, admiramos su agallas para aguantar con cara de póker las situaciones más comprometidas, nos emocionamos con el testimonio de las víctimas de Bhopal o del Katrina y reflexionamos con las entrevistas a los discípulos de Milton Friedman que hablan del libre mercado como un de Dios capaz de resolver todos los problemas si tenemos fe en él.

Las acciones de los Yes Men obligan a empresas y entidades a quitarse la careta (cómo Dow Chemical, que tiene que salir a la palestra afirmando que NO destinarán ni un duro a resarcir a las víctimas ni a limpiar las aguas contaminadas. Prefieren invertir hacerse un lavado de cara publicitario). También buscan una reacción de la audiencia de las conferencias que, curiosamente, a menudo permanece en estado catatónico ante la retahíla de sandeces que sueltan los Yes Men. ¡Incluso algunos ejecutivos les hacen preguntas y les piden tarjetas!

No nos tiene que sorprender. Nos hemos acostumbrado a que políticos y directivos de empresas y organizaciones suelten, circunspectos, discursos que son una tomadura de pelo y a aceptarlo cómo si fuera lo más normal del mundo. Como mínimo, riámonos de ellos.

Carme Barbarà, una pionera de la publicidad

El pie de una ilustración en una exposición, me ha despertado una neurona perezosa: “Carme Barbarà”, leo. Estoy en la muestra Publicidad en Cataluña 1857-1957. Roldós y los pioneros, y este único nombre de mujer me interroga. ¿Una mujer trabajando en una agencia de publicidad en la Barcelona de los años 40? ¿Cómo sería trabajar en publicidad en aquella época y rodeada de hombres

Si trabajaba a en Roldós enlos 40 o está muerta o ya debe de ser muy mayor. Motivo de más para encontrarla y recoger su testimonio. La busco en las páginas blancas de Telefónica y quedo con ella en el Palau Robert. Encuentro una mujer menuda, de mirada viva, con una parka beige. En la mano, un paraguas plegable y un libro de relatos de Benedetti. Vamos a tomar un café en el Más y Más de la calle Córcega y allá me explica su historia. Tiene setenta y nueve años y es hija del barrio de Sant Antoni. Su padre era operador del cine Cataluña y su madre trabajaba en una casa de estampas. De niña su pasión es dibujar pero ya se prepara para hacer trabajo de oficina (taquigrafía, comercio…) a pesar de que “los despachos no me gustan nada, pero nada”. No quiere pedir a sus padres recibir clases de dibujo porque imagina que son caras. Su madre, sin embargo, ya está dando voces y se entera de la posibilidad de ir a Llotja, la escuela pública de artes y oficios.

Un día, leyendo La Vanguardia, encuentra un anuncio de la agencia Roldós donde piden una chica que sepa dibujar. Sin decir nada a los padres (entonces tenía quince años) contesta el anuncio (“siempre he ido por libre, yo”). A la entrevista le cae en gracia al Sr. *Roldós. Su única dibujante se casa y deja el trabajo por eso busca una “niña” que la sustituya. Y es que una chica de quince años trabajando rodeada de hombres de treinta y pico, es “la niña”. Una niña a quién todos tratan con cariñoo y le envían dibujos cuando se va de vacaciones. Una niña deslumbrada por el ambiente artístico y el buen humor de aquel estudio de grandes claraboyas. Una niña que se quedaría a trabajar los domingos para poder hojear tranquilamente las revistas americanas que Roldós, atento a todo, guarda en el estudio: The Esquire y Saturday Evening Post. En ellas descubre un mundo nuevo ilustrado por Norman Rockwell donde ¡incluso aparecen hombres en delantal en la cocina! De estas ilustraciones y de las pinturas románicas que a menudo va a contemplar al Museo de Arte de Cataluña en Montjuic se nutre su imaginario.

En Roldós, Carme Barbarà es feliz dibujando a lápiz, aprendiendo a utilizar el aerógrafo y haciendo “la página del hogar”, que es la contra de la Vanguardia del sábado, y riendo con los compañeros. Pero después de 10 años (desde el 1947 al 1957), cree que es hora de dejar la agencia. Culo demasiado inquieto para ligarse a una silla, le puede su sed de aprender, la curiosidad para saber que se está perdiendo.

Desde entonces ningún trabajo volverá a ser igual. Todo es más complicado cuando ya no eres la niña sino una mujer. Que si no quieren mujeres casadas, que te tienes que comprometer a no tener más hijos, que si los compañeros hombres ganan más, que a qué escuela puedo llevar a mi hijo con un horario compatible con mi trabajo. Situaciones que nos suenan pero que eran mucho más duras años atrás. Carme Barbarà, sin embargo, le hace frente a todo con desparpajo y terquedad. ¡Buena es ella! Si cuando era una cría ya paralizó un tranvía porque el conductor quería hacerla bajar por no llevar “moneda fraccionaria”. También se quejó de las discriminaciones laborales y se negó a continuar un matrimonio sólo para mantener las apariencias cuando separarse era un hecho insólito y mal visto.

De su trabajo en publicidad guarda el recuerdo de las personas con alma de artista que trabajaban en el sector (pintores, escritores…) pero se ha hecho inmune a su influjo (“no compro ningún producto que se publicite. La publicidad vale mucho dinero y las acabamos pagando los consumidores”). Tampoco se cree ningún mensaje publicitario y lee cuidadosamente todas las etiquetas y la letra pequeña de los productos que compra.

Ya hace unos años que dejó de dibujar porque empezó a perder la concentración necesaria, pero a los 79 años sigue leyendo mucho, conectándose a Internet y caminando (“me gusta salir de casa. En casa no te vendrán a traer nada”). Así pasea, frecuenta una librería de la calle Pelayo donde advierte a los dependientes de que algunos libros están mal impresos (“ faltan tintas”), visita la exposición del Palau con su nieta, o queda con una periodista y ante un café piensa que está contenta de tomar todo lo que le trae la vida.